Una vez tuve una gata, se llamaba Nuca, era como cuenta el poema, pero mucho más traviesa. No fue la única, varios fueron los gatos y gatas que tuvimos cuando criábamos hijos. Unos y otros nos fueron dejando, abandonaron hasta dejar el nido vacío. Luego vinieron los nietos, como caídos del cielo, el mejor de los regalo. Ellos, la música y los gatos abrigaban nuestros corazones, cuando se sentíamos el frío, y el rocío que empezaba a escarchar en la edad.
Para Mía Huguet la gatita que pronto se hizo mayor
PARAMIAHU
mi música predilecta.
Me gusta su distinción,
sus rasgos felinos
su trato justiciero
acariciar su pelo sedoso y fino.
Sus andares elegantes,
su manera de esperarme
y ajustarse a mi regazo,
zalamero y remolón
o se tumba cerca de mi oreja
y me ronronea: me gusta,
otras veces hace la croqueta
y de repente brinca,
juega a esconderse
en el primer cajón que encuentra.
Me acomodo
a su vivir independiente,
lo mismo que él al mío,
nunca inoportuno,
me busca y me acaricia
con su lomo
para decirme:
¡tú me gustas!.
A veces es engreído
ufano y altanero,
así: también lo quiero.
De su higiene y de su pelo
solo él se encarga
se ocupa con esmero
con el mismo que afila sus uñas
en un madero.
De gustos exquisitos
come bien y poco,
si se indigesta, busca la hierba
que encuentra en una maceta
o ayuna.
Políticamente incorrecto,
inadecuado a las visitas,
no se anda con chiquitas:
si le gustas, te acaricia con el lomo
si no, huye sin protocolos.
Cuando el radar de su cola
atisba un peligro
lo pone en guardia
arquea el lomo al límite
huyendo a toda prisa
con los pelos de punta
y un soplido muy
pero que muy furo.
Más si de amores se trata
visita otras casas
en busca de gatas.
Maltrecho y despeinado,
a su regreso
no hay reproches ni enfado
bajo este techo
para este amor correspondido
nada encelado
que cuida y que protege
que acompaña y abriga
que asiste y reconforta
en la mejor medida,
él me espera cada día
al volver a casa.
¡Créeme!
¡Hazme caso!
Deja que te adopte un gato.
Elena Larruy