
Hace aproximadamente cuatro meses, en periodo de confinamiento del Covid19, murió Juan Antonio, un amigo de la familia. No murió del coronavirus, se lo llevó un cáncer. Pocas horas después de su fallecimiento vinieron los de pompas fúnebres a retirar su cuerpo, lo metieron en el ascensor dentro de una caja de dos metros y se lo llevaron al crematorio. Mañana, me cuenta mi amiga Carmen, su esposa, van a recoger sus cenizas para llevarlas a su pueblo, Palacios de la Sierra en Burgos, donde será debidamente despedido y esparcidas sus cenizas. Esta "estación triste de viacrucis", con parada obligatoria, este episodio doloroso de un ser que nos deja para siempre, suena así contado como un pasaje más de la vida cotidiana -la vida y la muerte de los otros- se nace, se vive, se muere... sin embargo, de qué manera ¡tan diferente! la viven los que la sufren, cuando el que se va es el padre o el esposo y sobre todo cuando se va a destiempo -porque Juan Antonio no tenía edad ni deseos de morir, sólo tenía 65 años. Aunque su muerte fuera anunciada, la pérdida de un ser querido es y sigue siendo igual de dolorosa para la familia.
¿Cómo afrontar no volver a ver más al compañero, al padre, a la persona que fue pilar y fundamento de otras vidas? Nunca más se sentarán juntos en la mesa, ni compartirán el pan y la comida con los hijos, ni la esposa, ni el pequeño Leo. Pienso ahora en tus hijos Javi y Alba y en el pequeño hijo de tu hijo que tanto amor compartió con su abuelo: fue un tiempo breve pero intenso. Cuando Leo se haga mayor y vea los vídeos jugando con su abuelo y escuche su voz, se preguntará como hubiera sido su vida con él cerca, con el ejemplo de amor y bondad de su abuelo Juan Antonio, de casi dos metros de altura. Los hijos seguramente cómo pasa a menudo, pensarán que no lo dieron todo, pero no fue así, estuvieron siempre junto al padre hasta el momento final, tampoco fue el caso de Carmen, su mujer, que le acompañó minuto a minuto hasta su último adiós. Sí, es ley de vida y no hace falta arrojar más humedad sobre el asunto; la vida te arrebata de cuajo algo muy tuyo, solo tuyo, sin derecho a reclamar. Cada día muere gente, a tiempo y a destiempo, pero ¿Qué hacer con el dolor de los otros? de los que se quedan: medio inválidos, devaluados, con el corazón partido en dos: ¿Cuándo y cómo se regenerará ese corazón? cómo le pasa al hígado o a la cola de las lagartijas, ¿lo hará? o desaparecerá como agua por la alcantarilla? mientras nosotros, los que nos quedamos, por que todavía no es nuestro turno ¿Qué hacemos nosotros, de verdad, con el dolor de los otros?
Cuando fallece el miembro de una pareja, que llevan unidos toda la vida, como era el caso de Juan Antonio con Carmen, el que sobrevive queda de alguna manera, amputado, como si un grave accidente le dejara sin brazo, sin pierna, sin un órgano vital para seguir tirando. Ha de aprender a vivir en esa situación nueva de "paraplejia forzada". Desaparece la seguridad del techo compartido, el hogar se hace más pobre. La persona que se queda, si antes viajaba acompañada ahora lo hará sola, si lo hace, le tocará afrontar asuntos que llevaba su pareja, el compañero, desaparecerá el brazo que rodeaba su cintura, que se apoyaba en su hombro, el tuyo Carmen, la mirada que te hablaba sin decir para decirte: te quiero esposa mía, se borrará, como se borran los recuerdos. Ya no paseareis juntos de la mano, el uno junto al otro, ni proyectareis sueños desde la terraza del hotel mientras contemplabais el mar, y por las noches ya no oirás de su boca: Carmen ¿cenamos? o su consejo cuando te acompañaba a comprar ropa: "quédate ese Carmen: es el que te sienta mejor". Sí, echarás de menos sus besos, porque rompió la promesa sin quererlo, de: juntos para siempre.
Vivirás el duelo a solas. En las noches más frías echaras de menos ser arropada por sus brazos, y pensarás en otros que te consuelen como lo hacían los suyos, también sin palabras, porque los hombres de antes tenían pocas, y al amanecer cuando salgas a la calle te gustará pensar que el mundo no es tan despreciable como para olvidarlo de un día para otra, porque él era un hombre importante, un ser humano del que dejará de hablarse. Nadie, o casi nadie te hablará más de él. Querrás que lo recuerden que no olviden de nombre, y ahí estarás tú sola con tu trance, viviendo en ese amargor que deja el abandono. Tú y tu soledad, que no compartirás con nadie, porque la soledad no es bienvenida y nadie la quiere, porque la soledad no tiene amigos. Te las tendrás que componer sola y hacerte fuerte en la desgracia. El dolor nos enseña o nos destruye, pero tu quieres seguir viviendo y reconstruirás tu vivir para aprender a vivir sin él. La historia se repite en miles y millones de personas que pasan por la difícil travesía que tu estás pasando ahora. Nosotros, los amigos, la familia, la gente que te quiere y te rodea, los que estamos afuera, intentaremos consolarte, acompañarte en su despedida, pero serás solo tú, querida amiga, la que la viva desde la más absoluta intimidad, contigo a solas. Sé que lo superarás, porque tienes ganas de vivir, Carmen, y eso te ayudará a seguir.
Si tenéis próxima una persona viviendo su duelo, acompañadla, no solo preguntando cómo se encuentra y diciendo como debe afrontar la situación, sino hablándole de su ser querido, de su vida, de su relevancia, de sus cosas buenas. Cuando el duelo se acompaña el dolor es más llevadero. Cuentas los psicólogos que tratan los trastornos de la pérdida, que los duelos de las personas acostumbra a durar unos dos años. Somos muy proclives a medir los tiempos, pero los duelos no son todos iguales, hay quien el el tiempo de ese duelo lo vive por una mascota, que vivió quince años en la familia. Puesto que humanidad nos acompaña y puestos a echar una mano, un brazo o lo que se tercia con tal de mejorar la existencia del amigo, mejor hacerlo con cariño y sin boberías, con respeto y comprensión, incluso con la alegría natural del recuerdo, quitando drama, a veces es solo escuchando con la mirada, tomando la mano, haciendo compañía, para hacer que el tiempo de la despedida sea más corto y llevadero.
Juan, como le llamaban en familia, fue un ser especialmente bueno. Puede parecer un tópico honrar su memoria con palabras comunes que se oyen en todos los funerales, pero no lo es; porque si por algo destacaba este hombre era por su extraordinaria bondad y atención a los otros. Y así es como familia y amigos lo quieren recordar. Porque así fue el esposo, el padre, el abuelo y el amigo que echaremos de menos. Descansa en paz Juan Antonio.
Elena Larruy
