domingo, 10 de mayo de 2026
LA CONSCIENCIA Y SU DO DE PECHO
martes, 17 de febrero de 2026
IA Y POESIA
IA Y POESIA
Inclinada como soy a perderme entre prosas y versos de autores y admirados poetas, que con suma brevedad y palabras bien escogidas ayudan a esclarecer la materia gris que nos enturbia, atendí un Podcast que me enviaba mi amiga Carol, de la APP Laberinto Histórico. Se trataba de un trabajo de la IA que resumía en cuestión de segundos el libro de José Saramago «Ensayo sobre la ceguera». De esa escucha sorprendente, que atrajo mi atención por su contenido y brevedad, surgió finalmente este texto, encaminado hacía el mejor pasto ─como el rebaño de Pessoa─ más por instinto que por voluntad propia.
Regresé por segunda vez a la escucha del Podcast, esta vez con oídos más críticos, quería entender el proceso y en parte desmontar el halo de misterio que lo envolvía. ¿Cómo era posible "semejante milagro"? Imaginé los pasos que un sistema inteligente daba, conducido por cerebros expertos, hasta obtener resultados tan espectaculares.
Lo primero que observé fueron los enunciados, a modo de titulares: Dejar de ver lo esencial cuando creemos saberlo todo/Ver de verdad exige responsabilidad interior/Muchas personas miran, pero pocas observan. Una voz masculina radiofónica estiraba frases, las extendía con conclusiones calibradas, que mejoraban la exposición; la completaban: Porque cuando recuperas la conciencia recuperas también la humanidad/Ver con claridad también es un acto de valentía. Encadenaba lecturas, parafraseando citas y aforismos de fácil recopilación; extraídas bien del propio libro, bien de otros autores y agentes literarios hablando de él, o mediante críticas, entrevistas, epílogos, prólogos, presentaciones diversas, tesis doctorales y un número extenso de fuentes donde la IA acudía para extraer información, que tratada con complejos cálculos matemáticos en procesos operativos; dando órdenes efectivas (Prompt) con las que obtenía resultados de diferente calado. Para llegar a conquistar, como así era, a un mercado altamente impresionable y consumista ─con la conciencia en el área de descanso, mayormente─ que deslumbrado por el impacto, se dejaba capturar a modo de instantánea por un disparo fotográfico.
El resumen concluía de manera didáctica: ¿Qué nos enseña el libro? preguntaba. Y con la misma solvencia, respondía: Que la indiferencia es una forma de ceguera/Que quien ve con claridad no puede decir que no entiende/Que cuando la conciencia se apaga todo se desordena (De ahí nace la ley de la conciencia despierta). Para acabar en un lenguaje empático y cautivador, con frases de este tipo: «Abre los ojos, no solo los tuyos, los del corazón». Y aquí finalmente es donde el oyente se rinde/me rindo a la evidencia de tanta «proeza tecnológica» De una inteligencia artificial surfeando la nuestra ¡tan de estar por casa!.
Los procesos de búsqueda de la IA son los mismos que los míos, al escribir este texto: Recopilar información/Ir a las fuentes de valor donde encontrar datos/Conectar ideas/Volcar recuerdos/Manejar un lenguaje empático/Pensar en titulares que capten la atención. Conectarme con pensamientos afines/Entroncar respuestas... Errar y hallar soluciones sobre el terreno, una y otra vez. La gran diferencia entre la IA y EL, que soy yo, es que yo no trabajo para nadie. Me mueven impresiones, intuiciones y sentimientos que la IA ignora, como ignora fundamentos éticos, de equidad y de justicia, no solo por carecer de inteligencia autonómica, también porque la sociedad que la instruye con sus gobernantes parecen tener calcificados los valores que fundamentan la Vida. Estamos ante una grave desprotección tecnológica, en el sentido más amplio de la palabra.
No debemos olvidar que somos los creadores de la IA, aunque a veces dada la magnitud de su alcance se nos haga inasible su entendimiento. De la misma manera que la IA nos puede beneficiar también nos puede destruir, si le asignamos roles y tareas insanas y contaminantes. No somos la rueda de recambio que viaja en el maletero. Somos el vehículo, el cuchillo el martillo... Existe un peligro real que todos percibimos y que nos obliga a ponernos en guardia por un lado, y por otro en acción atenta: desde nuestra propia individualidad. Todas las políticas necesitan ser regeneradas, con la misma urgencia que las nuevas tecnologías necesitan ser reguladas. Mientras eso no suceda deberíamos protegernos, pensar con calma y actitud, para crear una conciencia operativa poderosa y transformadora... al servicio de todas las inteligencias. Con poética y con alma, mejor ─lo más parecido─ para que replique en todos los contornos humanos y, con la misma intención ordene e instruya a todas las IAs. Allí donde el corazón se incline que el pie y la conciencia camine.
Un mercado rendido es un mercado vencido, no tiene rumbo ni finalidad: ni camino, ni recorrido. A veces hay que pararse, estarse quieto para no ser arrollado. Pararse a pensar, no es enrocarse. Aquietarse no es rendirse, es actuar con Inteligencia Activa.
lunes, 12 de enero de 2026
CUANDO EL CORAZÓN ENFERMA
Un par de días antes de Navidad fui a cortarme el pelo. Desde inicios del verano lo estaba dejando crecer, y también de teñir. El cabello blanco que iba asomando se veía bonito y luminoso. Me disponía a empezar el año nuevo con más luz. Cada vez que hay un cambio significativo en mi vida se produce una necesidad de este tipo, que por supuesto atiendo. Era el momento de eliminar los restos de color pajizo de las puntas, lo que significaba despedirse de una etapa, cortar con los viejos y descoloridos patrones. Todo apuntaba que ese cambio me favorecía, mi pelo crecía más fuerte.
Esa mañana llegué temprano a la peluquería, Melina la peluquera, me había dado hora a las ocho cuarenta y cinco. Al recibirme me dijo amablemente, Elena llegas muy pronto, a lo que le respondí: las nueve menos cuarto, la hora que me diste por teléfono. Soy puntual como un reloj suizo, si tengo que llegar a otra hora siempre es antes, pero ese día no era el caso.
Encontré a la peluquera trabajando afanosamente en la cabeza de una señora de edad incierta. Melina alisaba su larga melena rizada, no era una persona joven, tampoco mayor. Habría que verla con su peinado acabado, sonreí para mis adentros, las señoras con la cabeza mojada estamos muy irreconocibles. Lo cierto es que ese día no me importaba tener que esperar, Melina era una mujer agradable, charlaba con sus clientas de manera amistosa: las conversaciones se escuchaban todas, pues la peluquería era de dimensiones pequeñas, y una no podía evitar la escucha incluso atenta y otras incluso de participar. Además ese día llevaba lectura y no tenía prisas. Así que me dispuse a esperar pacientemente. Al poco entró otra clienta, ella sí se anticipaba a su hora, por el comentario que hizo.
Cuando Melina acabó con la señora del pelo largo, que por cierto una vez peinada era bastante más joven de lo que me había parecido en una primera mirada, y mientras se despedía de ella, esta le contó que le venían días muy difíciles, pues acababa de comprar una casa que le estaba dando muchos problemas de humedades; en la inmobiliaria le habían ocultado información importante, había sido muy confiada y ahora no había marcha atrás. Le aconsejaron que los demandara, y así lo hizo, había ido a consultar a dos abogados, y los dos coincidían en que no tenía nada que hacer.
Carmen, la señora que acababa de entrar, intervino en la conversación de las dos mujeres, aconsejando a la clienta que se asesorara bien, pues su caso era demandable, estaba claro que había sido víctima de un engaño encubierto. Yo pensaba lo mismo, por mi larga experiencia profesional, había visto muchos casos así, donde clientes confiados son víctimas de vendedores rapaces cuyas prácticas de engañosa profesionalidad tienen un claro y prioritario interés por llenar sus bolsillos, y el de las empresas para las que trabajan. Ocultan información para cerrar la venta. Yo no quise intervenir, pues no tenía más que añadir que lo que Carmen aconsejaba a la mujer, si acaso reforzar la idea de agotar las posibilidades de demanda, pues era evidente el caso de fraude mercantil, con graves consecuencias económicas. Actuación que más pronto que tarde ─oído a lectores y oyentes─ la vida acaba por pasar factura a los trúhanes y tramposos, con el VMC ─valor merecido correspondiente─ que viene a ser como el IVA, todo un fastidio: porque la vida engaña al que engaña y castiga al que castiga, porque ella sí sabe, más por sabia que por justiciera.
Cuando Carmen escuchó los trastornos que la mujer sufría incluido el insomnio, corrió a su bolso y sacó un frasquito de esencias florales que puso en las muñeca de la mujer, con su permiso, invitándola a inhalarlas: te ayudaran a relajarte le dijo. Para a continuación explicarle que debía averiguar qué andaba mal en su vida, qué le estaban diciendo los hechos que debía atender. La invitó a revisar la parte económica y emocional. Los acontecimientos le estaban hablando ¿Cuál era su lección¿ ¿Qué era aquello que no quería aprender? Cuando la escuché, pensé, Carmen "es de mi cuerda". La vida siempre nos habla de muchas maneras. Y de muchas otras, nosotros la dejamos de atender.
Cuando la mujer de nombre desconocido se fue, nos miramos Carmen y yo, le di mi opinión y le dije que pensaba lo mismo que ella. La conversación fue fluyendo entre nosotras de manera amistosa, como si fuésemos viejas amigas que se acaban de encontrar. Yo le conté que a mi esos días me dolía el corazón, y no de una manera metafórica, me dolía con una pulsión de tipo muscular que asustaba, sentía su hondo latido de tristeza; me estaba poniendo en aviso de que algo no estaba bien. Cosa que ya sabía y que había ocultado, pues no quería preocupar a nadie, solo lo hablé una vez con una amiga de confianza, de nombre también Carmen. Esas cosas de desánimo y tristezas son mucho mas normales de lo que queremos hacer ver, no podemos andar por la vida diciendo que padecemos desencantos y desánimos, que la vida a ratos nos cansa, y que otras nos desatiende, nos apea y nos deja tirados en húmedas cunetas. La cuestión era que no quería dar pena, ni que me miraran como a un alíen: hay gente rebosando alegría mientras otros agonizan, y aunque mi caso no era tan grave, lo cierto era que me pesaba mucho la tristeza.
Cuando los pálpitos empezaron a repetirse coloqué mis dos manos sobre el pecho para calmar el latido del corazón y le hablé para consolarlo. Sentí esa necesidad. Le dije que me hacía cargo de él, que lo entendía y que lo iba a cuidar, que no estaba solo, que nos teníamos el uno al otro. Como yo ahora tenía a Winni y él a mi. Era como hablarle a un hijo convaleciente mientras duerme. Me hice cargo de él, y sé que me escuchó, porque poco a poco se fue calmando, y cuando días más tarde volvió a repetir su convulsión yo volví a hablarle con mimo y cuidados, hasta que desaparecieron todos los síntomas, y yo entendí que debía deshacerme de pensamientos viejos que no me convenían, reforzarlos con otros de carácter constructivo y reparador. Amorosos. Me di luz.
Cuando un corazón maduro como el mío altera sus pulsiones, cuando parece que quiere traspasar el pecho, cuando enferma porque no sabe gestionar su dolor, antes de acudir a un profesional que lo ponga en lista de espera para una prueba de esfuerzo, o un electro, se le ha de escuchar con atención estetoscópica, saber porqué bombea a otro ritmo, que impurezas en forma de pensamientos corren por sus venas, familiarizarnos con su idioma, y esperar sus respuestas: unas veces se dan, otras solo hay que acercar el hombro para que descanse o llore en él, todos andamos muy solos. Dejar que exprese su aflicción, acompañarlo hasta lo más hondo de su conciencia unas veces, otras hasta su médico de cabecera, cuando los tapones de la ceguera ni ven ni escuchan de tanta cera vieja. El corazón como los otros órganos vitales del cuerpo son nuestros asistentes, tenemos el deber de socorrerlos cuando nos necesitan, porque les debemos la vida de cada día. Porque somos su razón de ser, y ellos la razón de la nuestra.
Si el dolor te dice que te quiere, pregúntale para qué.
viernes, 21 de noviembre de 2025
SALIRSE DEL GUIÓN

Entregados a la interpretación y a las luces del gran carnaval, nos vendemos, y sí, nos compran como a criptomonedas de dudoso valor, carentes de fundamento que las sostenga. Nos convertimos en mercaderes de lo efímero, títeres de Guiñol, incompetentes subvencionados... inánimes.
sábado, 18 de octubre de 2025
HACER BALANCE
lunes, 29 de septiembre de 2025
LA BELLEZA DE LOS FINALES
martes, 26 de agosto de 2025
LA POESÍA COMO ACELERADOR DE LA CONCIENCIA
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| Joseph Brodsky |
Quien escribe un poema lo escribe antes que nada porque el poema es un colosal acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la percepción del mundo.
viernes, 20 de junio de 2025
UN ROPERO NUEVO PARA MI ALMA
UN ROPERO NUEVO PARA
MI ALMA
El alma atesora un gran ropero de
vestidos, trajes y atrezos, de todas las medidas y colores con diferentes formas
y hechuras, para múltiples funciones, con las que viste y reviste a la persona
en su paso por la vida. En cada una de ellas el actor puede cambiar su estatus,
su circunstancia, su contexto, su país, su ciudad, su familia… En definitiva,
su experiencia de vida. Es la asistenta que todo lo sabe, que todo lo tiene, que
todo lo ve, que todo lo escucha. Conectada a la fuente superior de un Todo al
que pertenece.
Contaba Jesús Callejas, en una reciente
entrevista con Risto Mejide, que no le asustaba la muerte, porque creía en la inmortalidad
del alma. Yo, siento lo mismo que piensa Callejas, que el alma nunca muere, ni envejece ni enferma. Trae incorporada “de origen” una inteligencia autónoma
innata, muy alejada de nuestra limitada comprensión. Su misión es vivir
eternamente aprendiendo, mejorando su parte, y la de la especie; enriqueciéndose
de conocimientos que exploran en lo más hondo de los fundamentos de la realidad
del Ser, y que se expresan de forma sutil y entrevelada.
De este saber etéreo
extrasensorial se desprende una dimensión infinitamente fondeable, de textura resbaladiza
y nada palpable, que se nos escapa como línea de horizonte huyendo, pero que a
la vez nos permite disfrutar y aprender del viaje de la vida y su paisaje de
inestimable valor.
El alma existe. Aunque una parte
de la mente no la reconozca. Aunque a la ciencia, que explora en lo intangible
de sus pulsiones vivificadoras, le incomode llamarla por su nombre. Aunque
muchos, entre los que no me encuentro, defiendan que solo es una creencia,
fruto de una necesidad humana, por su temor a la muerte. Somos naturaleza viviente y sintiente, en diferente grado y estado de
desarrollo.
Aristóteles (384-322 a.C.) el que fue la máxima autoridad del
pensamiento creador del primer gran sistema filosófico y de la ciencia
occidental, no concebía la materia viviente sin el alma, sin la “esencia” como la llamaba. No se puede entender la existencia de lo que
existe y es haciendo vivir al alma en las mazmorras, soterrada y olvidada en la
más absoluta oscuridad. El alma no es una cenicienta.
Cada día de nuestra existencia el
cuerpo se desgasta, degrada su biología de materia orgánica, muere lentamente, poco
a poco se va apagando; pero no así el alma que la asiste. Hay un momento en que
esta ha cumplido su función y necesita transformarse. El alma necesita una mudanza, un cambio de estado, de casa, de
pareja, de trabajo, de ciudad, de ropero, de experiencia… Porque su misión en
esta y otras vidas no es otra que mejorar su condición, aprender y aumentar su
valor, extendiendo su saber al Todo al que pertenece, y del que a la vez se
retroalimenta.
El alma necesita un vestidor nuevo, cada vez que cambia su estado.
Como el que yo ahora vivo en mi vida nueva con otra pareja. No me ha hecho
falta una muerte física, mis órganos y mi cuerpo responden, están sanos y fuertes.
Para el alma el tiempo y el espacio no son lineales ni secuenciales. Conforme crece,
se supera y evoluciona la conciencia de la persona, se expande y experimenta en
planos superiores de mayor vibración.
Reproducirse es el proceso
natural de la vida, en un movimiento constante universal de transformación. Vida
y muerte son pulsiones que van juntas.
Un alma despierta exige una vida
sana. Proyectos, ilusiones, compromisos,
voluntad, colaboracionismo, a veces soledad. Observación de todo cuanto
acontece a su alrededor, de cuáles son las señales que la alertan, de cual su
acometida, su responsabilidad. ¿Cuál es nuestro compromiso? ¿Escuchamos sus
demandas? ¿Sus necesidades, que son las nuestras? Cuando acompasamos esa fuerza
motriz interna que nos incita el alma, moviliza nuestra sonrisa, estamos
fértiles; la verdad se manifiesta en nuestro rostro, la nuestra; mejora nuestro
estado físico y emocional. Ese es el mejor curriculum vitae; la mejor carta de
presentación. Cuando damos la mejor versión de nosotros. Eso es, sin duda a
equivocarnos: Tener éxito.
Hace poco más de un año que me
separé, del que fue mi compañero, mi esposo, mi amigo, mi pareja de vida. Estuvimos juntos cincuenta años. No hubo nada
que perdonar, nada que reprochar. Había llegado el momento de la separación, no
teníamos nada más que darnos, lo consumimos todo. Nuestra vida de pareja se
había desgastado, como se desgastan unos zapatos viejos. La convivencia se convirtió
en algo monótono y desilusionante. Había que tomar decisiones, y lo hicimos de
una manera madura y reflexiva. El alma
nos pedía a los dos un fin de contrato, para devolvernos la alegría de la
convivencia que habíamos perdido. Claro que hubo dolor y duelo, es condición de
la vida que lo haya, pero no lo vivimos como un fracaso, ni hubo desgarro, ni
nos hicimos daño. La vida nos había preparado, estábamos entrenados, no para
este envite, que por ambas partes nos era desconocido, pero sí para retos
superiores. Personalmente traté al dolor como un aliado amigo, y de ahí la
fuerza, la comprensión y el amor de las personas amigas y de la familia que me
ayudaron a superar el duelo. La nuestra es una familia responsable y pacificadora.
Honesta. Y ese y no otro fue el trato que le dimos a nuestra separación. Aunque
cada uno haya tomado caminos diferentes, nunca dejaremos de ser la familia que
fuimos.
En los primeros pasos de mi
recién estrenada vida con Winni, desarmada y desnuda, mi alma se viste de novia
y se entrega libre de cargas pesadas, deudas y equipajes, enseres y objetos que
no necesito, de hábitos deshilachados y pensamientos amarillos. Habilito los espacios
de mi nuevo hogar con especial atención y cuidado. No sé todavía con suficiente claridad cuál
será el papel que representaré, ni el vestuario para mi recién estrenada vida. Me
toca un Vivir renovado más despierto y auténtico, con enseñanzas nuevas. Tengo
junto a mí al maestro. Lo elegí con cuidada insistencia. También desconozco las
prendas que vestirá mi alma en los
rodajes de esta novel vida que ahora comienza, ni el papel que interpretará
junto al que ya es su nuevo compañero de baile, de escena y de vida. Lo que sí
sé es que la vestiré con especial cuidado; de ahí mi ropero nuevo.
martes, 8 de abril de 2025
MIENTRAS TODOS DORMÍAN, YO TE BUSCABA
Hay muy pocas cosas de mi mermada
existencia que la engrandezcan tanto y me hagan sentir tan dichosa y acompañada
como el amor de una persona. Una persona conectada a mi corazón, que lo llena
de júbilo, a la que le importa si descansé bien anoche, si llegué temprano a casa,
sin atropellos a los que Renfe nos tiene tan acostumbrados. Si me abrigo el
cuello cuando salgo de casa. Si me alimento con proteínas vegetales de calidad,
y no me excedo con los hidratos. Si ya tomé el calcio y el magnesio y el
colágeno y ya escribí al levantarme, como hago todas las mañana, y si lo hago de manera
regulada, como aconsejan los que saben. Si ya conseguí poner orden en mis
archivos, para que un día este trabajo que llevo haciendo desde hace más de
diez años, de sus frutos y ensamblen todos los textos en contenido y forma, para convertirlo en el libro que deseo tener en mis manos, y en las tuyas. Si me gustó I Just
call to say i love you de Stevie Wonder, que me mandó antes de comer; a él le
hizo llorar pensando en lo nuestro. Si empecé o no con buen pie la semana, si
me está yendo bien el día, y si ya llamé a la compañía de seguros para que me enviasen
un albañil, a pegar los azulejos despegados del baño. Si mi hija está mejor y se recupera bien de su accidente. Si disfruté con la clase
de yoga, y si ya empaticé con la impresora nueva y pude colocar el cartucho
de tóner. Si llegaré después de comer o
más tarde, el próximo viernes: que me espera con impaciencia. Si me fueron bien
los horarios de los autobuses que me mandó anoche antes de acostarse, si el
restaurante que eligió me parece adecuado para ir a comer el próximo sábado. Si me va
bien que me quiera, bueno esto último no me lo pregunta, me lo demuestra todos
los días, y las tardes, y las noches de fiesta.
Durante el último verano
no pisé este mundo.
Una tarde de enero,
en la sobremesa de mi soledad
se presentó la primavera.
elegantes y frescas
llegaban del jardín
a la casa.
En una estación olvidada
de mi abandono,
la vida se hacía nueva,
con la misma alegría
amorosa y delicada
que las flores
visten sus ramas
en primavera.
Todo mi Ser comenzó a agitarse
con voluntad de hoja.
Un mirlo que pasaba
de cuerpo azulado
y pico dorado
me anunció tu Llegada,
y en mi jardín transformado,
apareciste tú,
radiante
dulce y sedoso.
De tu voz velada
escuchaba el latido que la impulsaba.
Me llamabas por mi nombre.
El reducido ser
en que me estaba convirtiendo
despertó de su letargo
con el fulgor de tu presencia.
y comenzó a brillar con luz
propia,
para dejar de ser una.
Intransferible a cualquiera.
Mientras todos dormían
yo te busqué con insistencia, amor.
Acudiste a mi llamada, tomaste mi mano
venías para quedarte.
Para que yo te quisiera
con este amor maduro
apasionado y tierno
que guardaba para ti
que lo distingue
de enamoramientos pasados.
Y aquí estoy ahora:
Insondable al duelo
y al dolor,
con toda la sabia, y la alegría
de mis mejores años,
que ahora son
también tuyos.
Elena Larruy
jueves, 13 de marzo de 2025
TÚ AMAS LA CIENCIA, YO LA METAFÍSICA Y A TI.
Supe de Winni antes que él de mí. La primera vez que me hablaron de él, fue la mañana del treinta de diciembre, a finales del pasado año, en plenas fiestas navideñas. Vicente, ese es su nombre de pila, también me estaba buscando. Para su sorpresa aparecí yo, con el nombre que él me deseaba, como flecha que atraviesa corazones.
Winni cree en la ciencia, yo en
la metafísica y en él. Porque creo en la inteligencia de los seres humanos, en
sus mentes prodigiosas de alto rendimiento, donde se orquestan ilimitadas
capacidades, pero también palpo con mis sentidos extrasensoriales esos otros
espacios intangibles y difusos donde suceden acontecimientos de difícil
control, para los estudiosos de la ciencia, donde el conocimiento es de textura
velada, a falta de mayor luz. Las manifestaciones de lo que sabemos con lo que
entendemos, aparentemente dispares, en mi caso, son colaborativas, nunca
enfrentadas. Y siempre contrastadas con la experiencia personal.
Las personas intuitivas tenemos
el don de la respuesta inmediata, a cuestiones o preguntas incluso antes de haber sido formuladas. Conocemos el
«modus operandi» de su actuación «a ciencia cierta». No somos ilusos, ni
tenemos que defender con argumentos de la razón lo que otros niegan. Tampoco
necesitamos la autoridad de la ciencia, ni su permiso.
Cómo perro inquieto alborotado
que sabe de su amo antes de que aparezca por la puerta, presentí la llegada
de Winni días antes de conocerlo. Eran fiestas navideñas. Yo estaba muy alegre, sin un
motivo especial. Días más tarde escuché decir
a la neurocientífica Nazaret Castellanos que el cuerpo sabe antes que la cabeza
lo que va a acontecer. Era una evidencia, una prueba más, que me
hablaba, y se manifestaba vibrante en mi cuerpo físico, pues me sentía especialmente
feliz y radiante. El día de
Navidad celebrábamos la comida familiar en la que había sido mi casa hasta separarme. Nos encargábamos mi ex y yo. Convinimos hacerlo de esta manera, hacía poco que nos habíamos separado. Recuerdo que el cuerpo me pedía bailar, y así lo hice sin ninguna compañía. Me sentía dichosa. Lo mismo se repetía la noche de fin de año, que la
pasé sola, y sin embargo me sentía acompañada. Era extrañamente feliz, como los días que siguieron, hasta que apareció él.
El hombre maduro y atractivo, de porte educado y académico que por primera vez veían mis ojos días más tarde, me gustó desde el mismo instante que se cruzaron nuestras miradas. Le sonreí por primera vez, la tarde del nueve de enero y nunca más de dejado de hacerlo. Winni había venido a mi vida para mejorar mi sonrisa, para hacerme feliz, para quererme. Ese era el motivo de mi anticipada alegría, no había nada que entender, todo estaba manifestado.
La primera vez que escuché su voz
por teléfono, me encantó su tono lírico, la manera como se expresaba y se
entregaba a la conversación, el interés y el entusiasmo con que me recibía.
Pasó una semana hasta que nos conocimos personalmente en una cafetería de la
Diagonal. Yo llegué un poco antes y reservé una mesa, me preocupaba que me
esperase fuera y no me viera. Salí a su encuentro, y en ese momento él entraba. Cuando se encontraron nuestras miradas, nos reconocimos, sonreímos
ampliamente, nos llamamos por nuestro nombre y nos dimos dos besos. A mí me
salió cogerle de la mano para llevarlo hasta la mesa que había reservado. Ese
hombre alto y delgado, de aspecto agradable que acababa de conocer, estaba en buena forma, se veía
una persona cuidada, tenía algo más edad que la mía. Nos mirábamos, sonreíamos,
estábamos encantados de conocernos, de estar sentados uno en frente del
otro. Empezamos a charlar con la
naturalidad de personas que ya se conocían antes. Con la felicidad de personas que se estaban
buscando y se acababan de encontrar. Su hablar era fluido, tenía
una soltura natural cuando hablaba de sentimientos y de emociones, cosa poco común
en un hombre. Los dos nos entregamos al plácido juego de la conquista, a dar lo
mejor de nosotros, sin dejar de ser quienes éramos. Era nuestra primera cita.
La agencia me advirtió que había
muchas más mujeres que hombres, insinuando que no iba a ser fácil encontrar a
la persona que buscaba. Escuchar esa afirmación no me desilusionó, tenía confianza. Una confianza no
basada en la lógica, ni en la razón, pero sí en la metafísica, porque creo en
las batallas que se ganan tejiendo sueños cuando se persevera y se trabaja para
conquistarlos. El hombre que había soñado, lo tenía sonriendo delante de mí.
Estaba muy contenta de ponerle cara, pues en la agencia no lo hacían. No
facilitaban fotos de los candidatos, cosa que me parecía bien, pues las
imágenes tienden a ser discriminatorias, no lo muestran todo y hasta pueden ser
engañosas. Todos en algún momento
mostramos lo que queremos ser más que lo que realmente somos, y nunca la otra
cara, la que nos completa. Al rechazar a una persona por la imagen, se puede
cometer la imprudencia de perdernos lo más valioso de la misma. Ahora tocaba conocerse: gustarse, atraerse,
admirarse, quererse, desearse, amarse.
Emparejarnos con otra persona afín a nuestros gustos y valores. Ese y no
otro era el deseo compartido. La finalidad.
Unos meses antes yo escribí en un cuaderno, los atributos y condiciones que debía tener el hombre que yo
quería como mi nueva pareja. Buscaba un compañero de vida. Quería una persona saludable, física y mentalmente, que fuera cariñoso, que se quisiera y supiera querer, y que tuviera
algún tipo de formación, si era académica mejor. De los siete atributos y
condiciones que escribí, Winni los reunía todos. La sonrisa se me iba fijando
en la cara de manera permanente, cada vez que hablábamos y en los encuentros que vinieron después.
Se llamaba como mi abuelo
materno, Vicente, y como su hijo, mi tío Vicente. Al poco de conocernos, me
propuso llamarle Winni. Me preguntó si me apetecía llamarlo así, pues Vicente
le parecía un nombre antiguo. En una relación nueva ha de haber cambios: me
dijo. Winni es el diminutivo de Vicente en inglés, y suena bien. ¿Te gustaría?
Acepté gustosa, pues Vicente, efectivamente, sonaba a pasado. Y si algo éramos
Winni y yo, era presente y futuro.
Si bien éramos personas de
avanzada edad, nos sentimos como dos jóvenes maduros, apasionados, con una vida
común por delante, que queríamos compartir, con amor y cuidados el uno con el
otro. Si teníamos más edad, solo era porque algunos «cogimos carrerilla y nos adelantamos al nacer». Eso también tenía
sus ventajas. El conocimiento, la experiencia y por supuesto el buen juicio,
nos hacía sentir personas de valor; hemos aprendido a querernos más y mejor, a
no necesitar el aplauso de nadie —aunque sí el abrazo—, ahora sabemos con mayor
claridad lo que no queremos. No queremos vivir en ninguna sombra, que no sea la
de la higuera, a la fresca en verano, en el lugar elegido, y mucho menos en los
sótanos de la vida, donde a menudo se abandonan los cuerpos gastados de las
personas mayores, vencidas por la edad. En un vivir de triste soledad y de
derribo.
Cuando buscamos respuestas, como
hago yo ahora, a cambios que suceden en
nuestras vidas tan transcendentes, —como es amar y ser amada por un hombre
distinto después de separarte del que fue tu marido durante cincuenta
años— como es empezar una vida nueva a
los setenta años de edad, si echamos la mirada atrás buscando entendimiento,
encontraremos ─como es mi caso─ cómo hemos ido recogiendo «miguitas de pan» en el camino
siguiendo la ruta correcta: la nuestra, para no perder la pista de aquello que
perseguíamos y que era bueno para nosotros. En otro momento contaré como llegué hasta
aquí, de qué manera insistente se repetían las señales que debía atender,
concretamente una en particular, que me hablaba de manera insistente y muy significativa, del gran cambio que se iba a producir en mi vida, y
que yo no lograba descifrar.
Hacía un año que mi exmarido y yo
nos habíamos separado. Lo hicimos de manera amistosa. Todas las casualidades
tienen un principio de causalidad que origina lo que nosotros llamamos el azar.
Todo en el universo se rige por ese principio de causa-efecto, en un orden
natural. Cada uno de nosotros somos universos sometidos a esas reglas. Reglas
que a menudo quebrantamos o irrumpimos por desconocimiento, por intrusismo, por
falta de actitud y de experiencia. Cuando no seguimos las reglas naturales del
vivir, otras nos someten. Nos desorientamos y enfermamos, perdemos fuerza. Una
señal de que hacemos las cosas bien, es cuando todo a nuestro alrededor
discurre de manera no forzada: natural, sin agresiones, ni contratiempos, sin
fricciones, sin demoras. Los acontecimientos fluyen, se suceden de manera
oportuna, cuando corresponde, cuando no hay impedimentos ni enfrentamientos. Cuando entendemos
las entrelíneas y las reglas no escritas y actuamos participando de ese orden armónico. Las señales, los símbolos, los patrones que se repiten de
manera continua en nuestras visas, como señales de tráfico que nos indican la
dirección exacta y nos orientan en el buen camino, no son tan difíciles de reconocer, si las atendemos. La vida discurre
mucho más amable. Nos sonríe, nos va bien. Somos menos engañados. Nos pasan cosas maravillosas y
encontramos el amor.
Winni es una persona sana, en el sentido más amplio de la palabra. Inteligente y compasiva. Defensor de las personas más vulnerables y necesitadas. Es un excelente compañero y maestro, del que tengo mucho que aprender. Hay una cualidad en él, que me gusta de manera especial: es un apasionado de la vida, con una mente motivada y activa, en pleno rendimiento. Un ser entrañable, de gran corazón, lleno de amor por los seres humanos, y ahora por mí. Desde el segundo día tomó mi mano, y ya no la soltó. Yo no he podido más que alojarlo en mi corazón.
Juntos
estamos colocando los cimientos de lo que será nuestra nueva vida. Construimos
un futuro con proyectos ilusionantes y lo hacemos desde el cariño y el respeto,
desde la admiración y la diferencia, desde la atención y la escucha, desde la pasión, desde el
detalle más insignificante que sabemos hace feliz al otro. Le hemos puesto un nombre común a esto nuestro: se
llama Amor.



