Artista Lita Cabellut
En cualquier momento
un labio encuentra otro labio
y vuelve a empezar el mundo.
Juana Gallardo
En pocas horas cumplo setenta años. Cualquier persona joven, a quién pudiera interesar o entretener lo que escribo, ya se habrá ido de esta página antes del primer punto. Adiós. Las personas mayores no interesamos al mundo, salvo a otros de la misma edad y, a veces ni eso.
Un run run me ronda por la cabeza estos días que se acerca el día cuatro. Mi familia me prepara una sorpresa, no se de que tipo. Le tengo dicho a mis hijos que no me pongan velas con la edad en el pastel. No quiero miradas extrañas, enfocando sus caras a mi persona en el restaurante, cuando suena la cancioncita dichosa, que todos desafinan a posta y que acaba siendo una carcajada familiar. ¡Tierra, trágame!
En ese devaneo molesto de la edad biológica que tengo y me toca asumir, con tan pocas ganas, no me salen las cuentas. A veces gente amable me dice ¡ostras Elena, pareces más joven! abren los ojos y arquean las cejas en signo de admiración. ¡Qué bien te conservas! qué ágil y despierta se te ve. Ayer incluso me pasó con Fabio un desconocido latino con el que llevo dos días hablando por teléfono y chateando. Fabio tiene una voz bonita, de esas radiofónicas que te envuelven; es educado y amable, hasta me escucha sin interrupción cuando hablo. Te dan ganas de invitarlo a casa a celebrar contigo. Sus servicios son altamente satisfactorios, así se lo digo, y lo valoro con una nota muy alta, cuando Mas móvil me pregunta cómo he sido atendida.
Cuando Favio me daba explicaciones a cerca de como configurar el amplificador del rúter de media distancia, sin ningún conocimiento tecnológico como tengo, le dije que me hablara más despacio, pues el próximo lunes cumplía setenta años. Hablaba como una bala y no me era fácil retener sus indicaciones que solo entendía a medias. Las personas mayores tenemos otro acomodo con los tiempos.
─ ¡Entiéndeme Favio! le dije de buenas maneras.
─ ¡D i s c u l p a E l e n a! ¡P e r o t u v o z p a r e c e m u c h o m a s j o o o v e n! exclamó. En su acento latino. ¡E s a d m i r a b l e!. Ralentizó tanto la suya en ese momento que perdió parte del encanto. A punto estuvo de cambiar el tú, con el que me estaba tratando, por el de Usted.
─Sí, ya lo sé, le respondí. Parece una voz de cuarenta y cinco, eso me dicen.
Viene siendo costumbre que las personas mayores tengamos que pedir disculpas por no entender las explicaciones. Muchos de los que nacieron más tarde ignoran muchas veces que las personas mayores se nos ralentiza el metabolismo y los tiempos. Pero eso no es materia docente ni lo enseñan en los masters, ni al parecer a las personas que atienden servicios. No con la suficiente atención.
Muchas personas mayores presumen de lo mismo que yo, de ser más jóvenes de la edad biológica que tienen. Atribuyen un valor al físico excesivo, opacando el de la cabeza y sus atributos, como si solo la usaran a modo de complemento, como quien lleva un sombrero o una gorra a juego con la vestimenta.
En cierta ocasión un admirador, de esos que se creen irresistibles y seleccionan lo que ellos consideran presas, para sus infidelidades de cama, me confesó que nunca había leído un libro entero en su vida. Iba de guaperas, buen partido, y pretendía conquistarme de esta manera: ¿mira que guapo y que listo soy, sin haber cogido un libro en mi vida! Me produjo una arcada que tuve que disimular para no ofender su inflamado ego. ¿Cómo se puede ser tan estúpido, y presumir de eso? No se puede ser más lerdo.
Cada uno es lo que es, pero también lo que los demás piensan de él. No se puede ir por la vida con ningún tipo de engreimiento. Tenemos la edad que tenemos y la edad con que los otros nos miran. Me rindo a la evidencia. Otra cosa muy distinta es como yo me miro, me pienso y me siento. Lo orgulloso/a que podemos sentirnos por los logros obtenidos, por el esfuerzo. Ir con la cabeza alta sin estirar demasiado el cuello. Mirarse al ombligo y a la vez mirar el cielo nos da una medida más exacta de lo que somos en todo momento.
A mis años pienso que tengo la edad de merecer muchas cosas buenas, por razones que acabo de enumerar y de borrar en este momento, porque sonaban vanidosas. No es falsa modestia. Simplemente sobra tanta explicación. Nos creemos valientes, victoriosas, fuertes y, si nos paramos a pensar en los otros, hay tanta virtud como en nosotros. Lo que sí se de mi es que no desfallezco fácilmente, estoy despierta y activa. Siempre dispuesta a aprender, no creo en la derrota. Me alío con el tiempo, aunque no es lo que mejor llevo, acepto las consecuencias de la edad porque así viven los que deciden morir viviendo. Dos tardes por semana, echo una lloradita corta antes del noticiero, a la hora del Pasa Palabra. Antes lo veía acompañada con mi ex y ahora juego a adivinar palabras sola. Ceno sola y me acuesto sola, pero cuando me levanto al amanecer por las mañanas me entrego a la vida lozana, fresca y ligera, con la fuerza del ocaso amaneciendo. Me aseo, como nos gusta a las personas mayores llamar a la ducha, me miro al espejo de medio lado con la báscula a un costado y me digo: ¡qué bien te conservas! ¡Olé tú! ¡tuviste voluntad! Valió la pena el esfuerzo de los cuarenta días de ayuno. Soltaste lastre/me reduje/voy quedando menos.
Conseguí mantener a raya el peso: ahora me acuesto sin cenar, o lo hago de manera intermitente, algún día abro la nevera y como algún resto de comida en plato de postre, o un yogurt de soja y mango. Me cuido a veces con la misma intermitencia que me descuido, más lo primero. Sé quién soy cuando cierro los ojos y estoy a solas. Me cuido, tengo hábitos saludables, amigos, familia que está a mi lado cuando los necesito, dos preciosos nietos; mis complementos, la vitaminas M y S, que me dicen a menudo: ¡te quiero mucho, yaya!. Mi recién ex marido que ahora es amigo, cuando nos juntamos para charlar, echamos unas risas bromeando sobre como nos gustaría que fueran las personas que deseamos encontrar en nuestra nueva vida, como deseamos ser queridos. (...).
─ Pide lo que deseas. Me dijo.
─ Ya lo he hecho. Le contesté.
Y sonreímos uno frente al otro, con una mirada cómplice de cariño, por todo lo vivido juntos durante casi cincuenta años.
El próximo lunes cuando apague la vela del pastel, a la voz de mi gente: ¡venga Elena, pide un deseo!: te pediré a ti. El amor en movimiento no tiene edad, y siempre acaba encontrando lo que busca con deseo. Me quedaré quieta para que avances, y me encuentres.
El día menos pensado aparecerás tú, con los brazos abiertos y tu sonrisa poderosa, para decirme: «¡Por fin te encontré Elena, vamos!».
Invadida por un éxtasis de alegría pura (que tomo como un vestido prestado, de un poema de Clarise Lispector) me vestiré para la ocasión. Con una especie de pudor: el que se tiene en presencia de algo muy grande.
¿Eres tú, o solo lo estaba soñando?.
