martes, 28 de julio de 2026

ESPACIO POÉTICO



Los poetas sobreviven y se entienden entre ellos en "los apartes". Recobran fuerzas en los "descansillos" de la vida cotidiana. Nada les es ajeno, porque aman la vida y todos sus entreactos. Escribo, forjo, construyo, hago camino, comparto para entenderme, para encontrarme entera en mi unidad, para seguir tejiendo mi deseo, para recordarme que todo lo que me sucede le ocurre también a los demás. Para que otros labios me dejen sin aliento.

Elena Larruy


BESTIARIO DEL DESEO de Juana Gallardo.


AQUÍ ESTOY, ESTA SOY

Poco a poco recobro

a la que he sido.

No a la que he sido en esta vida

o en otras

en las que me cuesta tanto

creer,

sino a la que tejió mi deseo,

a la que, en mi imaginación,

ha vagado,

con el anhelo de ser algún día

algo más que un esbozo.

Aquí estoy, esta soy.

La cobarde y

la que saltó a mil abismos,

la que habló sin cesar

y la más silenciosa.

Soy aquella que,

cuando todo parecía perdido,

logró salvar el amor.

Ahora que la materia pierde

perfiles y formas,

ahora que los ojos impacientes

dejaron de buscar horizontes,

ahora que ya no hay

nada más que el ahora

aquí estoy

esta soy.


EL MIEDO

Te he guardado dentro

como botella

con tapón bien ajustado.

Tienes el sabor a astilla

de las almendras verdes,

su dureza.

y para digerirte he tenido que tragar piedras

igual que los caimanes.

Pero la vida es efímera

como un haz de luz inesperado

y, aunque nosotros, los vivos,

no lo sepamos

nada distingue a un muerto

de otro muerto.

Te dejo aquí, amante vacío

de alcobas clandestinas.

Te dejo con la soledad del vencedor

pues solo los vencidos aprenden

a hacerse compañía.


LA VEJEZ

En cada estación del año

me parece

habitar algo de ella.

No creas que voy a decir

que me convierto

en

tormenta

amapola

ola de mar

hoja seca.

En cada estación

me siento

un poco más vieja

y, como esto de envejecer

cuesta tanto,

me dan ganas de dejarlo todo

y encerrarme en casa a dedicarme

solo a eso:

a hacerme vieja

y a hacerlo bien.

Pero luego entra el sol,

o me da en la calle

una racha de aire fresco

y se me olvidan estas zarandajas.

Me pongo de nuevo

a escuchar al mundo

y a cantar

las canciones

que me llegan de él.

Y se me abren las alas de grulla

y otra vez estoy dispuesta

a viajar donde sea,

a donde el aire me lleve:

sin pensar en nada.



viernes, 24 de julio de 2026

LA VOZ MAESTRA DE LA MANO DE SARAMAGO


José Saramago



Hay hombres de libre pensamiento con voces escritas ─que a veces nos dejan sin aliento y sin comas─ cuya talla humana fue ejemplo de vida y de trabajo, que nacieron para ser modelos de eternidad. La de José Saramago fue una de esas voces.

Rescato de su obra una pequeña muestra de citas y fragmentos que me salen al paso, que evidencian la catadura moral de este ejemplar humano que invita a lo que debería ser un compromiso de todos por mejorar este mundo dislocado y cada vez más afectado por la estupidez colectiva de masas humanas subyugadas al gran poder de los que nos gobiernan, y cuya respuesta no debería ser otra que «cuidarlo y mejorarlo con nuestro buen hacer», que es lo que hizo José Saramago y otros seres humanos con manos maestras y corazones templados y bondadosos.


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Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista; tienes que leer.

Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte.

Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes.

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.

Disentir es uno de los derechos que le faltan a la Declaración de los Derechos Humanos.

El viaje no termina jamás. Sólo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración... El objetivo de un viaje es sólo el inicio de otro viaje.

Ahora no hay duda de que la búsqueda incondicional del triunfo personal implica la soledad profunda. Esa soledad del agua que no se mueve.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.

No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.

No he sentido jamás la necesidad de un triunfo, la necesidad de tener una carrera, la necesidad de ser reconocido, la necesidad de ser aplaudido, no lo he sentido jamás en mi vida. No he hecho en cada momento nada más que lo que tenía que hacer y las consecuencias han sido éstas, podrían haber sido otras.

Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El mejor arrepentimiento es sencillamente cambiar.

He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro.

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

Entraré en la nada y me disolveré en ella.

Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos.

Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo

El caos es un orden sin descifrar.

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos

El éxito a toda costa nos hace peor que alimañas.

Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres.

Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar.

Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo

Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.

Nuestra única defensa contra la muerte es el amor.

Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad.

El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.

Hay personajes de novela que están más vivos que algunos que andan por allí.

El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia.

A lo mejor estoy en un momento de la vida en que me creo tontamente saber algo de la vida.

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada.

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos.

Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.

Dios quiso lo que hizo e hizo lo que quiso.

La alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten

Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso.

La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad.

Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa.

Actualmente los laboratorios invierten más en mejorar y producir viagra y en desarrollar mejores prótesis mamarias que en medicamentos para el Alzheimer. Esto provocará -en el curso de unos años- que más gente de la tercera edad tendrá mejores erecciones y senos más prominentes, pero no recordarán para que los tienen.



Extractos escogidos de conversaciones con José Saramago:


El día en que sea posible construir sobre el amor, no ha llegado todavía...


Quien va a morir está ya muerto y no lo sabe.


Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame.


De esa manera estamos hechos, mitad indiferencia mitad ruindad.


En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo.


Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.


Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.


En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que soy hoy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

La importancia que puede tener usar una palabra en vez de otra, aquí, más allá, un verbo más certero, un adjetivo menos visible, parece nada y finalmente lo es todo.

Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.

Cuanto más viejo, más libre, y cuanto más libre más radical.

La idea de yo no puedo hacer nada, es la excusa, es la coartada para no hacer nada.


domingo, 19 de julio de 2026

PAN DE AMOR CON CHOCOLAT AMARGO

El deseo de lo que no pudo ser dice Simone Weil guarda una inherente contradicción, es llave y cerrojo a la vez, por un lado, abre puertas a la búsqueda, al descubrimiento de manera incesante, por otro a la certeza de que lo que vivimos nunca nos satisface del todo. Entender el sentido de la vida para poner en cuestión todo aquello que nos deformó y a la vez nos transformó. De eso va este relato.

Obra digital de Christian Schloe


Cuatro meses antes de la pandemia me inscribí en un curso de poesía impartido por el poeta Jesús Aguado, buen maestro y excelente guía poético, del que se podía aprender mucho. Al poco, nos recluyeron en casa y las clases que hasta entonces habían sido presenciales y cercanas, al pequeño grupo que éramos, continuaron por Zoom. Para mi ya no fue lo mismo.

Allí conocí a Juana y a otros senderistas buscadores de Vida debajo de las piedras. Juana había dedicado la suya al estudio y a la enseñanza de Filosofía, dando clases en diferentes institutos de la ciudad. Cuando escuchaba los poemas que Juana traía a clase y me tocaba a mi leer los míos, mi voz se quebraba. El hondo calado de sus versos compuestos por metáforas preciosas, recibía el reconocimiento de todos nosotros, incluidos los del maestro. Sus textos en prosa, sobre las pérdidas, la familia y los afectos que nos sostienen, eran de una calidad literaria que distaba mucho de la mía. Yo era una recién llegada a este mundo y al de Juana, de la que pronto me convertí en su admiradora y en una buena amiga. A ella le gustaba como escribía yo, me lo decía de una manera amable, imaginaba que era por la forma atrevida de mi expresión y porque ambas discurríamos entre parajes epidérmicos y profundidades parecidas, aunque lo cierto era que mis trabajos de «interiorismo poético» se quedaban muy cortos. Ella era una gran lectora, siempre lo había sido, las paredes de su casa estaban tapizadas de libros, yo sin embargo había empezado a leer muy tarde. Cuando Juana dejó de corregir exámenes y perseguir horizontes ya conquistados, se dedicó de lleno a la escritura, dando como resultado la publicación de cuatro libros, muy bien valorados por sus lectores y agentes literarios, entre ellos el poemario Bestiario del Deseo, al que yo le tenía especial aprecio y que guardaba siempre en mi mesa de trabajo en forma inspiradora. La poesía brotaba en Juana como un desvelo de amanecer. No eran pocas las mañanas que nos daba a los amigos los buenos días con pequeñas composiciones, que recibíamos por whatsapp como pan de hogaza recién salido del horno, hechos de masa madre y con cuidados artesanos. Versos de la noche, de sus largas noches de insomnio, en las que se convertía en una escribana del cielo. Pese a todo, amanecía temprano para atender sus tareas: ir al gimnasio, a la compra, a cocinar, a tender manos y puentes a quienes pudieran necesitarla, y por supuesto a la tarea que más entregada la tenía y que no era otra que la escritura; reconstruía historias, muchas veces desgarradoras, que la gente le contaba y que ella trasladaba a sus libros con mano de ángel para ensamblar las piezas rotas y poder ofrecer un cuerpo de comprensión y de esperanza.

En una de las clases, el maestro nos pidió componer poemas de contenido erótico. Salí corriendo en busca de Carilda Oliver, la poeta cubana ya fallecida, cuyos tórridos poemas amatorios eran de pura pasión, de una sensualidad desenfrenada y arrolladora como nunca antes había leído. Compuse dos en tono “subido” con la clara convicción, una vez acabados, de la sacudida que iban a producir en la clase, como pude comprobar, pues el alboroto que se formó no fue poco. Me acuerdo como al comentarlos Juana sonreía y me miraba con gesto de aprobación, a la vez que contaba al grupo que ella no se atrevía a escribir así. Y era cierto que su forma de expresión contenida era más desveladora que irruptora, pero yo intuía en Juana una autoridad conmovedora que me llenaba de respeto y ternura hacía ella. Juana y yo éramos personas valientes, en la misma medida que quebrantables. Sus poemas, con especial atención al amor por la familia y a la necesidad de pertenencia, transmitían un profundo sentir de la pérdida; los míos del desamparo, dos formas de abandono que nos unían en un sentimiento compartido de orfandad perdurable. Ella deshacía lazos, y yo nudos: de comprensión y significado, a un dolor que muchas veces no nos pertenecía, o eso creía yo. Juana lo llevaba a sus libros, yo a cuadernos con apuntes, relatos y borradores que pocos veían la luz, acostumbrada como estaba a la oscuridad de la sombra. Cuando se vive en el lado oscuro, como yo había vivido largos periodos de mi infancia, cuesta esclarecer las ideas, ordenarlas hasta hacerlas comprensibles. Se sienten desfragmentadas, lleva una vida forjar andamios para construir estructuras sólidas que las sostengan y darles visibilidad. Porque Sentir también es saber. Para entendernos en este mundo tan plural y retorcido como es el nuestro, necesitamos la palabra como notas necesita un pentagrama para que se escuche la música.

Pablo era otro compañero de "altura". Jugaba con las letras con travesura malabar de niño maduro. No dejaba indiferente a nadie. Le escuchaba deslumbrada; tanta pericia volteaba mi cabeza como la de un girasol. Sus poemas me parecían de "ingeniería poética". Mi atención se desparramaba a la primera conjetura, que un Pablo discursivo y galopante, llegado su turno de lectura, lanzaba hipótesis del tipo: "la motivación de un sustantivo", "las caras poliédricas de un adjetivo" o "el sexo de un motivo convertido en transgénero". No había por dónde cogerlos. ¿Aquello era poesía o robótica? me preguntaba: aquello era genialidad que desarmaba cualquier inteligencia.

El maestro admiraba los talentosos textos que Pablo presentaba en clase, difíciles de enmarcar, a los que dedicaba en sus correcciones más tiempo que al resto de compañeros, lecturas que lo mismo se podían leer del derecho que del revés; dejando en su cara una sonrisa emoticono, de oreja a oreja, que no desaparecía hasta que terminaba su lectura y todos cogíamos aire. En algún momento algún alumno de otra clase debió decirle algo, por un comentario que escuché, al hecho de que la reverencia excesiva que dedicaba a ciertos alumnos avezados, minusvalora el trabajo de los más modestos. El caso era que, aunque el talante de Jesús siempre era respetuoso y amigable, y que en Pablo no había afán protagonista que lo pareciera, ni otro ánimo que no fuera el de aprender y pasarlo bien, Pablo era «el elegido».

Lo que sí tenía relevancia en esos talleres, en cuyo espacio protegido aprendíamos tanto, era que todos podíamos expresarnos libremente sin temor a ser juzgados, mientras diseccionábamos estrofas, de la mano maestra de Jesús como experto cirujano que repara, ajusta y coloca venas y arterias en un corazón, para hacerlo bombear. Mientras eso pasaba el mío sangraba, en una hemorragia interna que lo anegaba y que por supuesto nadie veía. Valoraba con cobardía mis composiciones a las que enviaba al cuarto oscuro, en ese espacio donde los Yoes en construcción son relegados y castrados en las dictaduras, que acaban siendo como una segunda residencia, sin luz.

Mi corazón desentendido de razones, sufría en silencio, hasta que un día dejó de escucharse, como se deja de escuchar la voz de los que sientan en las últimas filas. Todo mi esfuerzo se centró en evitar que los compañeros notaran la debilidad de mi estado. Me llené de inseguridades y empecé a planificar mi huida. Me convertí en una fugitiva, porque no quería repetir amargas experiencias de mi pasado escolar, cuando siendo una niña me apagaron la voz y las luces y fui condenada al olvido, en el cuarto del silencio. Huellas de un pasado regurgitando en los presentes, cuando nos atropellan circunstancias que nos envuelven en la confusión y nos devuelven a experiencias antiguas reductoras, cuando la vida era nueva, y todo estaba por estrenar. Cuando no teníamos la capacidad de comprensión ni de defensa para manejar el dolor.

Sabía a todas luces que lo que estaba pasando no era lo que sucedía, era cómo mi inconsciente lo proyectaba desde la experiencia infantil dolorosa no asimilada. Debía mudar mi piel, pero no supe hacerlo; me mudé toda yo, me fui sin dejar rastro, donde nadie pudiera ver mi cuerpo al desnudo.

Pablo era un compañero noble, una persona buena y generosa. Un acicate para que yo aprendiera a superar mis traumas, porque para eso habíamos venido a esta vida, para aprender, porque si no la vida no merecía ser vivida. Nada sabía del pasado de Pablo, ni falta que me hacía, su actitud fue siempre amigable, y para mi fastidio tanto él como Juana eran personas íntegras. Imbatibles. Y ¿yo? ¿Qué era yo? Yo era una mujer asustada, reducida, temerosa de ser aplastada por el gran Goliat y “la Gran dama de las letras”.

Un mes antes de acabar el curso me despedí de la clase y de los compañeros. Dejé de cuestionarme el valor de mis poemas a los que ya había etiquetado de anodinos, edulcorados y pretensiosos... Toqué fondo, apagué las luces internas de seguridad y me fui a mi escondite. El último día escribí una carta de despedida, que leí en clase, por Zoom claro, pues seguíamos en pandemia, en cuyo contenido explicaba en palabras de más y, entreveradas razones, el porqué de mi marcha, carta que recuerdo con una mezcla de vergüenza y decepción. Los compañeros me insistieron cariñosamente para que no me fuera, pero yo ya había tomado mi decisión de retirada. Me ingresé a solas en mi particular uci, para reparar mi voz enmudecida. ¡Vete a llorar a casa! me dije, ¡que te consuelen las paredes! y cuando acabes, seca la humedad que dejas, que no quede rastro de ella, y regresa; vuelve donde lo dejaste. Si no te van las derrotas, levántate y camina: Aprende/lucha/ Crece/ Vence. Crea tu propia suerte, y quédate en ella el tiempo necesario hasta hacerla tuya.

Ya en retirada, le hablé a la niña asustada, de la manera más amorosa que supe, como cuando en mis años infantiles de incomprensión y rechazo le hablaba a la menor, desde un estado adulto. Porque «yo me hice mayor antes que niña», de eso estoy segura, en eso sí fui una aventajada. En las estiradas, cuando me quedaba corto el uniforme, me ocupaba de la pequeña, acudía al escuchar sus sollozos en el cuarto oscuro, la consolaba, lo mismo que hago ahora, con la cabeza más ordenada. Nos sentíamos acompañadas la una de la otra y nos fundíamos en un ovillo para darnos calor. Esa niña siempre vivió en mí, y lo sigue haciendo ahora.

Desde la “atalaya azul naranja” donde me encuentro ahora, recuerdo sin nostalgia a la niña asustada que antes de estrenar la vida aprendió a sobrevivirla. Nunca pudo recuperar su inocencia, porque no le fue robada, tampoco la voz: ambas le fueron negadas. Hoy la mujer adulta que soy, se sigue desfragmentando en la inclemencia del recuerdo, de los días fallidos de mi pasado, cuando me quedaba sin fuerzas, con un fruncido dolor que perdura en el tiempo y que morirá conmigo. Dolor que se repite en las heladas de las estaciones más frías, de esta difícil y dura travesía que a veces es la vida, que nos lleva a reconstruirnos, a reinventarnos en otras fortalezas, para seguir preguntándonos: ¿Qué hacer con tanto dolor? ¿Es que nunca se acaba?

En esas interminables horas de mi pasado doblegado, se encendieron otras luces interiores, que iluminaron nuevas vías de entendimiento. Maduré, y lo hice tan deprisa ¡tanto! que a mi madre le decían: ¡Pero que madura es tu hija! y yo sonreía con una sonrisa de tortuga fatigada, atravesando océanos, que aún conservo: entrenada como estaba a cumplir preceptos, credos y mandamientos, a obedecer órdenes y "modales" a dar lo que se esperaba de mí, sin rechistar, para ser aprobada.

Esas injerencias de vida explican que unos seamos poetas, otros esclavos, analfabetos, obreros, impostores, violentos, malos estudiantes, desheredados... Fortalezas sin reino, Islas. Barcos de vela sin viento, al grito desesperado de: ¡queremos ser encontrados! ¡Reconocidos! ¡Salvados! Huérfanos con padres ─paradójicamente─ que nos salvaron del naufragio total. Heridos sin cicatriz aparente, condenados a la otredad. Desheredados de un mundo que dicta, ajusta y blanquea las conciencias, sin derecho a reclamar "la legítima" por disidencia. Los que se fueron de sí. Nosotros.

Perderse en el desasosiego fue necesario hasta llegar aquí, donde me encuentro ahora, como Juana, como Pablo, como un ingente número de personas adultas y compañeros de vida que como pequeños fragmentos de Pessoa necesitan contar sus historias. Voces que se interrogan curiosas, creativas, compasivas, amorosas y bellas. Corazones náufragos que consumen sus vidas buscando almas afines para sus desembarcos, en cuyas mesas se sirva pan de amor con chocolate espeso y amargo, como la vida misma, pero bañado de dulzura, para las travesías de los inviernos más largos.

domingo, 10 de mayo de 2026

LA CONSCIENCIA Y SU DO DE PECHO

Dejo en mi jardín de  Primavera una excelente reflexión sobre la Vejez; artículo con el tituló Reválida, que  fue publicado en Mayo de 2015 por Francisco Calvo Serraller en el diario El Pais. con motivo de la publicación en España de Vita Nova, poemario de la Novel americana Louise Gluck





"Me he convertido en una anciana. / He acogido con agrado la oscuridad / que tanto temía”, escribe la laureada poeta estadounidense Louise Glück (Nueva York, 1943) en un reciente libro traducido a nuestra lengua con el título Vita Nova (Pre-Textos), el mismo sello editorial que publicó, hace nueve años, El iris salvaje, galardonado con el Premio Pulitzer. Pudiera parecer paradójico que alguien, ya adentrado en una edad de irremisible declinación biológica, elija como título Vita Nova, tomado de Dante, para un poemario donde trata de rendirse cuentas a sí misma durante el ceremonial del adiós; pero ella misma lo explica en otros versos: “Sólo se sabe después de muchos años. / Sólo después de una larga vida si uno está preparado / para entender la ecuación”. Y esa ecuación es la de saber que las pérdidas, según y cómo, pueden trocarse en ganancias, como, por ejemplo, la de adquirir ese genio del maestro, “en cuya mente ágil / el tiempo transcurre en dos direcciones: hacia atrás / desde el acto al motivo / y hacia delante hacia una decisión justa”.


De manera que ya lo estamos viendo: según se desmedra el cuerpo, parece amplificarse la mente, que no es sólo el mero rebullir de unas neuronas cada vez más apocopadas. Porque ahí interviene de manera decisiva ese procesador del siempre superabundante cerebro que llamamos consciencia, la cual rinde poco o casi nada durante la pletórica infancia; muy parcialmente todavía durante la apoteosis neuronal de la adolescencia, y aún con muchísimos agujeros en blanco incluso en la juventud. Ya que, en cualquiera de estas etapas de creciente plenitud física, hay poco que procesar: nos falta experiencia. No en balde la vida hay que vivirla hasta el final, porque a nadie se le alumbra la consciencia sin haber visto venir la muerte, que avanza de puntillas, quedamente, “tan callando”. O como nos advierte Glück: “Tenía miedo del amor, de que me llevaran lejos. / Los que temen al amor, temen a la muerte”.
Es verdad que a esta ciencia de la consciencia se llega por muy diversos caminos, pero sólo a través del arte, que se deja mejor conjugar con tiempos imperfectos y en modo subjuntivo; es decir: que no teme zambullirse por entre las pantanosas aguas de lo conjetural, nuestra consciencia da, nunca mejor dicho, su “do de pecho”, ya que entonces empieza a pensar con todo el cuerpo, y, de esta manera, alcanza los vislumbres de un paisaje ilimitado. O como nos espeta súbitamente Glück: “Eso es el mar: / existimos en secreto”.


Por eso Glück emplaza su ecuación precisamente en el equívoco quicio del arte, que nos impulsa retrocesivamente hacia el pasado para adelantar la futura decisión justa, esa comprometedora promesa nunca alcanzada por inalcanzable. Pero ¿acaso se puede abarcar la realidad sin elevación, sea onírica, imaginativa o a través de cualquier otra de las antenas no conceptuales de las que dispone nuestro cuerpo para palpar la naturaleza? “¿El despertar puede quitarme lo que me ha sucedido?”, se pregunta, por su parte, Glück, que confiesa a continuación: “Soñé todo, me entregué / por completo y para siempre”.


Una vida nueva, desde la alta cima de la consciencia artística, es siempre una reválida, que sólo cobra sentido en las postrimerías. Así nos lo declara Glück: “Sin duda me han devuelto la primavera, esta vez / no como amante sino como mensajera de la muerte, pero en cualquier caso es primavera, en cualquier caso lo hacen / con ternura”. Y aún más paladinamente, si cabe: “Qué dulce es mi vida ahora / en el descenso hacia el valle, / el valle no cubierto de niebla / sino fértil y apacible. / Así que por primera vez me encuentro / capaz de mirar hacia delante, capaz de mirar al mundo, / incluso de acercarme a él”. Quizá no nos sea posible más que aproximarnos a una decisión justa, pero, sin la reválida vital de descender al valle, ni siquiera imaginaríamos la existencia de esa crucial opción."


martes, 17 de febrero de 2026

IA Y POESIA

    IA Y POESIA

Al inicio de este texto como tantas otras veces me pasa no sabía donde me dirigía. Recopilaba citas y apuntes de la bibliografía de Julio Cortázar, sobrevolando sus pensamientos de urdimbres afines, tejidas a base de referencias y de experiencias necesarias; binomio imperdible de vida.


Para defender un pensamiento que pueda ser atribuido como legítimo, se ha de vivir en primera persona; los pensamientos que se heredan no nos pertenecen.

Inclinada como soy a perderme entre prosas y versos de autores y admirados poetas, que con suma brevedad y palabras bien escogidas ayudan a esclarecer la materia gris que nos enturbia, atendí un Podcast que me enviaba mi amiga Carol, de la APP Laberinto Histórico. Se trataba de un trabajo de la IA que resumía en cuestión de segundos el  libro de José Saramago «Ensayo sobre la ceguera». De esa escucha sorprendente, que atrajo mi atención por su contenido y brevedad,  surgió finalmente este texto, encaminado hacía el mejor pasto ─como el rebaño de Pessoa─ más por instinto que por voluntad propia.  

De la misma manera que el cuerpo necesita nutrientes para mantenerse saludable y vivo, la mente necesita conceptos, conocimientos y desafíos; experiencias que contribuyan al desarrollo de su capacidad cerebral plástica, para seguir descubriendo universos.

Mientras escuchaba el Podcast, me llegó el recuerdo de un momento familiar muy divertido que se vivió en mi casa hace dos veranos y  que guarda relación con lo que vengo a explicar. Durante la sobremesa mi hijo mayor y su esposa sorprendieron al padre, en el día de su cumpleaños, haciendo sonar una canción, cuya letra hablaba de  sus gustos y aficiones, de su temperamento y actividades, de sus platos preferidos... lo describía con tal detalle, que nos dejó a todos perplejos. Más aún cuando supimos que lo que acabábamos de escuchar era fruto de la IA, y que la misma había sido creada en cuestión de segundos. Cuando se fueron todos y me quedé sola, corrí a  descargarme la APP para probar con un poema que compuse años atrás para una nieta. No había transcurrido ni treinta segundos que ya estaba sonando la primera canción de las dos versiones que me ofreció. Si la primera era bonita la segunda aún lo era más. La música y la voz femenina, acopladas ambas con maestría, se adaptaban a los versos de forma delicada y hermosa. (La podéis escuchar aquí https://suno.com/s/UsjH1P55gzBV2hnl)
Enseguida probé con otro poema, esta vez más corto, y volvió a suceder lo mismo; en esta ocasión el programa añadió versos, pues dada la brevedad, la composición lo requería. https://suno.com/s/FlEtMsRzFcUXNHvf
Tan entusiasmada estaba imaginando lo que podía hacer musicalizando mis poemas, que esa noche me costó mucho dormir.   

Regresé por segunda vez a la escucha del Podcast, esta vez con oídos más críticos, quería entender el proceso y en parte desmontar el halo de misterio que lo envolvía. ¿Cómo era posible "semejante milagro"?  Imaginé los pasos que un sistema inteligente daba, conducido por cerebros expertos, hasta obtener resultados tan espectaculares.    

Lo primero que observé fueron los enunciados, a modo de titulares: Dejar de ver lo esencial cuando creemos saberlo todo/Ver de verdad exige responsabilidad interior/Muchas personas miran, pero pocas observan. Una voz masculina radiofónica estiraba frases, las extendía con conclusiones calibradas, que mejoraban la exposición; la completaban:  Porque cuando recuperas la conciencia recuperas también la humanidad/Ver con claridad también es un acto de valentía.  Encadenaba lecturas, parafraseando citas y aforismos de fácil recopilación;  extraídas bien del propio libro, bien de otros autores y agentes literarios hablando de él, o mediante críticas, entrevistas, epílogos, prólogos, presentaciones diversas, tesis doctorales y un número extenso de fuentes donde la IA  acudía para extraer información, que tratada con complejos cálculos matemáticos en procesos operativos; dando órdenes efectivas  (Prompt) con las que obtenía resultados de diferente calado. Para llegar a conquistar, como así era,  a un mercado altamente impresionable y consumista ─con la conciencia en el área de descanso, mayormente─  que deslumbrado por el impacto, se dejaba capturar a modo de instantánea por un disparo fotográfico. 

El resumen concluía de manera didáctica: ¿Qué nos enseña el libro? preguntaba. Y con la misma solvencia, respondía:  Que la indiferencia es una forma de ceguera/Que quien ve con claridad no puede decir que no entiende/Que cuando la conciencia se apaga todo se desordena (De ahí nace la ley de la conciencia despierta). Para acabar en un lenguaje empático y cautivador, con frases de este tipo:  «Abre los ojos, no solo los tuyos, los del corazón». Y aquí finalmente es donde el oyente se rinde/me rindo a la evidencia de tanta «proeza tecnológica» De una inteligencia artificial surfeando la nuestra ¡tan de estar por casa!. 

Los procesos de búsqueda de la IA  son los mismos que los míos, al escribir este texto: Recopilar información/Ir a las fuentes de valor donde encontrar datos/Conectar ideas/Volcar recuerdos/Manejar un lenguaje empático/Pensar en titulares que capten la atención. Conectarme con pensamientos afines/Entroncar respuestas... Errar y hallar soluciones sobre el terreno, una y otra vez. La gran diferencia entre la IA y EL, que soy yo, es que yo no trabajo para nadie. Me mueven impresiones, intuiciones y sentimientos  que la IA ignora, como ignora fundamentos éticos, de equidad y de justicia, no solo por carecer de inteligencia autonómica, también porque la sociedad que la instruye con sus gobernantes parecen tener calcificados los valores que fundamentan la Vida. Estamos ante una grave desprotección tecnológica, en el sentido más amplio de la palabra.  

No debemos olvidar que  somos los creadores de la IA, aunque a veces dada la magnitud de su alcance se nos haga inasible su entendimiento. De la misma manera que la IA nos puede beneficiar también nos puede destruir, si le asignamos roles y tareas insanas y contaminantes. No somos la rueda de recambio que viaja en el maletero. Somos el vehículo, el cuchillo el martillo... Existe un peligro real que todos percibimos y que nos obliga a ponernos en guardia por un lado, y por otro en acción atenta: desde nuestra propia individualidad. Todas las políticas necesitan ser regeneradas, con la misma urgencia que las nuevas tecnologías necesitan ser reguladas. Mientras eso no suceda deberíamos protegernos,  pensar con calma y actitud, para crear una conciencia operativa poderosa y transformadora... al servicio de todas las inteligencias. Con poética y con alma, mejor ─lo más parecido─  para que replique en todos los contornos humanos y, con la misma intención ordene e instruya a todas las IAs. Allí donde el corazón se incline que el pie y la conciencia camine.  



 Un mercado rendido es un mercado vencido, no tiene rumbo ni finalidad: ni camino, ni recorrido. A veces hay que pararse, estarse quieto para no ser arrollado. Pararse a pensar, no es enrocarse. Aquietarse no es rendirse, es actuar con Inteligencia Activa.  

lunes, 12 de enero de 2026

CUANDO EL CORAZÓN ENFERMA

 

Artista Christian Schloe


Un par de días antes de Navidad fui a cortarme el pelo. Desde inicios del verano lo estaba dejando crecer, y también de teñir. El cabello blanco que iba asomando se veía bonito y luminoso. Me disponía a empezar el año nuevo con más luz. Cada vez que hay un cambio significativo en mi vida se produce una necesidad de este tipo, que por supuesto atiendo. Era el momento de eliminar los restos de color pajizo de las puntas, lo que significaba despedirse de una etapa, cortar con los viejos y descoloridos patrones.  Todo apuntaba que ese cambio me favorecía, mi pelo crecía más fuerte. 

Esa mañana llegué temprano a la peluquería, Melina la peluquera, me había dado hora a las ocho cuarenta y cinco. Al recibirme me dijo amablemente,  Elena llegas muy pronto, a lo que le respondí:  las nueve menos cuarto, la hora que me diste por teléfono. Soy puntual como un reloj suizo, si tengo que llegar a otra hora siempre es antes, pero ese día no era el caso.

Encontré a la peluquera trabajando afanosamente en la  cabeza de una señora de edad incierta. Melina alisaba su larga melena rizada, no era una persona joven, tampoco mayor. Habría que verla con su peinado acabado, sonreí para mis adentros, las señoras con la cabeza mojada estamos muy irreconocibles. Lo cierto es que ese día no me importaba tener que esperar,  Melina era una mujer agradable,  charlaba con sus clientas de manera amistosa: las conversaciones se escuchaban todas,  pues la peluquería era de dimensiones pequeñas, y una no podía evitar la escucha incluso atenta y otras incluso de participar. Además ese día llevaba lectura y no tenía prisas. Así que me dispuse a esperar pacientemente. Al poco entró otra clienta, ella sí se anticipaba a su hora, por el comentario que hizo. 

Cuando Melina acabó con la señora del pelo largo, que por cierto una vez peinada era bastante más joven de lo que me había parecido en una primera mirada, y mientras se despedía de ella, esta le contó que le venían días muy difíciles, pues acababa de comprar una casa que le estaba dando muchos problemas de humedades; en la inmobiliaria  le habían ocultado información importante, había sido muy confiada y ahora no había marcha atrás. Le aconsejaron que los demandara, y así lo  hizo, había ido a consultar a dos abogados, y los dos coincidían en que no tenía nada que hacer.  

Carmen, la señora que acababa de entrar, intervino en la conversación de las dos mujeres, aconsejando a la clienta que se asesorara bien, pues su caso era demandable, estaba claro que había sido víctima de un engaño encubierto.  Yo pensaba lo mismo, por mi larga experiencia profesional, había visto muchos casos así, donde clientes confiados son víctimas de vendedores rapaces cuyas prácticas de engañosa profesionalidad tienen un claro y prioritario interés por llenar sus bolsillos, y el de las empresas para las que trabajan. Ocultan información para cerrar la venta.  Yo no quise intervenir, pues no tenía más que añadir que lo que Carmen aconsejaba a la mujer, si acaso reforzar la idea de agotar las posibilidades de demanda, pues era evidente el caso de fraude mercantil, con graves consecuencias económicas.  Actuación que más pronto que tarde ─oído a lectores y oyentes─ la vida  acaba por pasar factura a los trúhanes y tramposos, con el VMC  ─valor merecido correspondiente─ que viene a ser como el IVA, todo un fastidio:  porque la vida engaña al que engaña y castiga al que castiga,  porque ella sí sabe,  más por  sabia que por justiciera. 

Cuando Carmen escuchó los trastornos que la mujer sufría incluido el insomnio, corrió a su bolso y sacó un frasquito de esencias florales que puso en las muñeca de la mujer, con su permiso, invitándola a inhalarlas: te ayudaran a relajarte le dijo. Para a continuación explicarle que debía averiguar qué andaba mal en su vida, qué le estaban diciendo los hechos que debía atender. La invitó a revisar la parte económica y emocional. Los acontecimientos le estaban hablando ¿Cuál era su lección¿ ¿Qué era aquello que no quería aprender?  Cuando la escuché, pensé, Carmen "es de mi cuerda". La vida siempre nos habla de muchas maneras. Y de muchas otras, nosotros la dejamos de atender.  

Cuando la mujer de nombre desconocido se fue, nos miramos Carmen y yo, le di mi opinión y le dije que pensaba lo mismo que ella. La conversación fue fluyendo entre nosotras de  manera amistosa, como si fuésemos viejas amigas que se acaban de encontrar.  Yo le conté que a mi esos días me dolía el corazón, y no de una manera metafórica, me dolía con una pulsión de tipo muscular que asustaba, sentía su hondo latido de tristeza; me estaba poniendo en aviso de que algo no estaba bien. Cosa que ya sabía y que había ocultado, pues no quería preocupar a nadie, solo lo hablé una vez con una amiga de confianza, de nombre también Carmen. Esas cosas de desánimo y tristezas son mucho mas normales de lo que queremos hacer ver, no podemos andar por la vida diciendo que padecemos desencantos y desánimos, que  la vida a ratos nos cansa, y que otras nos desatiende, nos apea y nos deja tirados en húmedas cunetas. La cuestión era que no quería dar pena, ni que me miraran como a un alíen: hay gente rebosando alegría mientras otros agonizan, y aunque mi caso no era tan grave, lo cierto era que me pesaba mucho la tristeza.

Cuando los pálpitos empezaron a repetirse coloqué mis dos manos sobre el pecho para calmar el latido del corazón y le hablé para consolarlo. Sentí esa necesidad. Le dije que me hacía cargo de él, que lo entendía y que lo iba a cuidar, que no estaba solo, que nos teníamos el uno al otro. Como yo ahora tenía a Winni y él a mi. Era como hablarle a un hijo convaleciente mientras duerme. Me hice cargo de él, y sé que me escuchó,  porque poco a poco se fue calmando, y cuando días más tarde volvió a repetir su convulsión  yo volví a hablarle con mimo y cuidados, hasta que desaparecieron todos los síntomas, y yo entendí que debía deshacerme de pensamientos viejos que no me convenían,  reforzarlos con otros de carácter constructivo y reparador. Amorosos. Me di luz.  

Cuando un corazón maduro como el mío altera sus pulsiones, cuando parece que quiere traspasar el pecho, cuando enferma porque no sabe gestionar su dolor, antes de acudir a un profesional que lo ponga en lista de espera para una prueba de esfuerzo, o un electro, se le ha de escuchar con atención estetoscópica, saber porqué bombea a otro ritmo, que impurezas en forma de pensamientos corren por sus venas, familiarizarnos con su idioma, y esperar sus respuestas: unas veces se dan, otras solo hay que acercar el hombro para que descanse o llore en él, todos andamos muy solos. Dejar que exprese su aflicción, acompañarlo hasta lo más hondo de su conciencia unas veces, otras hasta su médico de cabecera, cuando los tapones de la ceguera ni ven ni escuchan de tanta cera vieja. El corazón como los otros órganos vitales del cuerpo son nuestros asistentes, tenemos el deber de socorrerlos cuando nos necesitan,  porque les debemos la vida de cada día. Porque somos su razón de ser, y ellos la razón de la nuestra.  

Si el dolor te dice que te quiere, pregúntale para qué. 

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