Los ojos hablan,
La palabras miran,
Las miradas piensan.
Octavio Paz

Los ojos hablan,
La palabras miran,
Las miradas piensan.
Octavio Paz

¿Cómo afrontar la no volver a ver más al compañero, al padre, a la persona que fue pilar y fundamento de otras vidas? Nunca más lo volverán a ver ni hijos, ni esposa, ni el pequeño Leo, ni volverás a estar sentado frente a ellos en la mesa compartiendo el pan y la comida. Pienso ahora en tus hijos Javi y Alba y en el pequeño nieto que tanto amor compartió con su abuelo: fue un tiempo breve pero intenso. Cuando Leo se haga mayor y vea los vídeos jugando con su abuelo escuchando su voz, se preguntará como hubiera sido su vida con él cerca, con el ejemplo de amor y bondad de su abuelo Juan Antonio, de casi dos metros de altura. Los hijos seguramente cómo pasa a menudo, pensarán que no lo dieron todo, pero no fue así, estuvieron siempre junto al padre hasta el momento final, tampoco fue el caso de Carmen, su mujer, que le acompañó minuto a minuto hasta el final. Sí, es ley de vida y no hace falta arrojar más humedad sobre el asunto; la vida te arrebata de cuajo algo muy tuyo, solo tuyo, sin derecho a reclamación. Cada día muere gente a tiempo y a destiempo, pero ¿Qué hacer con el dolor de los otros? de los que se quedan: medio inválidos, devaluados, con el corazón partido en dos: ¿Cuándo y cómo se regenerará ese corazón? cómo le pasa al hígado o a la cola de las lagartijas, ¿lo hará? o desaparecerá como agua por las alcantarillas? mientras nosotros, los otros ¿Qué hacemos nosotros, de verdad, con el dolor de los demás?
Cuando fallece el miembro de una pareja que llevan unidos toda la vida, como era el caso de Juan Antonio con Carmen, el que sobrevive queda, de alguna manera, amputado, como si un grave accidente le dejara sin brazo, sin pierna, sin un órgano vital para seguir tirando. Ha de aprender de nuevo a vivir en esa situación de "paraplejia forzada". Desaparece la seguridad que da el nosotros, la en el techo compartido de un hogar. La persona que se queda, si antes viajaba acompañada ahora lo hará sola, si lo hace, le tocará afrontar asuntos que quizás dejaba en manos del esposo, del compañero; desaparecerá el brazo que rodeaba su cintura, que se apoyaba en su hombro, el tuyo Carmen, la mirada que te hablaba para decirte: te quiero, se borrará, como se borran los recuerdos, ya no paseareis juntos, el uno junto al otro, ni proyectareis sueños desde la terraza del hotel mientras contemplabais el mar, y en la noche ya no oirás de su boca: Carmen ¿cenamos? o su consejo cuando te acompañaba a comprar ropa: "quédate ese Carmen: es el que te sienta mejor". Sí, lo echarás de menos, como echarás de menos sus besos porque rompió la promesa, sin quererlo de: juntos para siempre.
Ese duelo lo vivirás a solas. Muchas noches tendrás ganas de ser arropada, de que te abracen, y al amanecer cuando salgas a la calle te gustará pensar que el mundo no es tan despreciable como para olvidarlo de un día para otra, porque él era un hombre importante en tu vida, la que ahora parece no valer nada, como la suyo. Nadie, o casi nadie te hablará más de él. querrás que lo recuerden que no se olviden de su nombre, pero ahí estarás tú sola viviendo en ese amargor que deja el abandono. Tú y tu soledad, sin apenas poderla compartir, porque la soledad no tiene amigos. Te las tendrás que componer sola para hacerte fuerte en la desgracia. El dolor siempre nos enseña o nos destruye, pero tu quieres seguir viviendo y, aprenderás a vivir sin él. La historia se repite cada día en millones de personas que viven la misma experiencia que vives tu ahora. Nosotros, los amigos, la familia, la gente que te quiere y te rodea, los que estamos afuera, intentaremos consolarte, acompañarte en su despedida, pero serás solo tú, querida amiga, la que la viva desde la más absoluta intimidad. Sé que lo superarás, porque tienes ganas de vivir, Carmen, y eso te ayudará a seguir.
Cuando murió mi madre hace unos años, durante bastante tiempo, sentí la necesidad de que alguien levantara el teléfono para hablarme de ella, apenas obtuve respuesta, escuché muy pocas voces, a los muertos se los olvida con demasiada facilidad, cuando son mayores, entre otras cosas porque enterraron a gran parte de los amigos de su generación y ya quedaban pocos para recordarlos, también porque se les va borrando el rastro desde ese "geriátrico del olvido" donde se confina a vivir a la gente mayor. Mi madre tenía, como cualquier persona, muchas cosas buenas, dignas de ser recordadas. Solo una amiga entrañable me recordó lo importante que era estar a mi lado, esos meses de duelo posterior a su muerte. Con ella pude hablar de mi madre, de la suya, del papel de todas las madres cuando nos dejan: es lo mejor que un ser humano puede tener. Lo mismo pasó con mi padre, falleció cuatro años antes que mi madre. Los padres son para los hijos el centro del universo, las personas más importantes de nuestras vidas, nunca nadie habla de ellos porque no hicieron nada televisado, ni meritorio para la historia que lo determina y lo juzga. Por eso yo sí lo hago a menudo, por eso yo insisto en acompañar a las personas cercanas en su duelo, cómo hizo mi padre toda su vida.
Si tenéis cerca alguna persona que está viviendo un duelo, acompañadla, no solo preguntando cómo se encuentra y diciendo como debe afrontar la situación, sino hablando de esa persona fallecida, de su vida, de su relevancia, de sus cosas. Cuando el dolor se acompaña, es más llevadero para la familia. A decir de los psicólogos que tratan los trastornos de la pérdida, dicen del duelo de sus pacientes que acostumbra a durar aproximadamente dos años. Y puestos a echar una mano, un brazo o lo que haga falta, mejor hacerlo con cariño, sin boberías, con respeto y comprensión, incluso con la alegría natural y humana, restándole dramatismo, tan solo escuchando y apoyando, para que el tiempo sea más corto.
Juan, como le llamaban familiarmente, fue un ser especialmente bueno. Puede parecer un tópico honrar su memoria con palabras comunes que se oyen en todos los funerales, pero no lo es; porque si por algo destacaba Juan era por su extraordinaria bondad y atención a los otros. Y así es como familia y amigos lo quieren recordar. Porque así fue el esposo, el padre, el abuelo y el amigo que echaremos de menos. Descansa en paz Juan Antonio.
Elena Larruy
Hay hombres cuyas voces nacieron para ser eternas, la de José Saramago fue una de ellas. Repasando sus frases, citas y fragmentos de entrevistas que concedió y que aquí dejo escritas, no puedo dejar de pensar cuanta falta le hace al mundo personas de esa catadura moral, ética y cultural. Sin ser nada mio, lo son sus ideas y pensamientos, me siento orgullosa de este hombre, por encima de todo un pensador y un ciudadano del mundo, libre.
No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.
No he sentido jamás la necesidad de un triunfo, la necesidad de tener una carrera, la necesidad de ser reconocido, la necesidad de ser aplaudido, no lo he sentido jamás en mi vida. No he hecho en cada momento nada más que lo que tenía que hacer y las consecuencias han sido éstas, podrían haber sido otras.
El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.
Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso.
Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa.
Actualmente los laboratorios invierten más en mejorar y producir viagra y en desarrollar mejores prótesis mamarias que en medicamentos para el Alzheimer. Esto provocará -en el curso de unos años- que más gente de la tercera edad tendrá mejores erecciones y senos más prominentes, pero no recordarán para que los tienen.
Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.
En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que soy hoy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.
Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte.