Supe de Winni antes que él de mí. La primera vez que me hablaron de él, fue la mañana del treinta de diciembre, a finales del pasado año, en plenas fiestas navideñas. Vicente, ese es su nombre de pila, también me estaba buscando. Para su sorpresa aparecí yo, con el nombre que él me deseaba, como flecha que atraviesa corazones.
Winni cree en la ciencia, yo en
la metafísica y en él. Porque creo en la inteligencia de los seres humanos, en
sus mentes prodigiosas de alto rendimiento, donde se orquestan ilimitadas
capacidades, pero también palpo con mis sentidos extrasensoriales esos otros
espacios intangibles y difusos donde suceden acontecimientos de difícil
control, para los estudiosos de la ciencia, donde el conocimiento es de textura
velada, a falta de mayor luz. Las manifestaciones de lo que sabemos con lo que
entendemos, aparentemente dispares, en mi caso, son colaborativas, nunca
enfrentadas. Y siempre contrastadas con la experiencia personal.
Las personas intuitivas tenemos
el don de la respuesta inmediata, a cuestiones o preguntas que incluso antes no
han sido formuladas. Conocemos el
«modus operandi» de su actuación «a ciencia cierta». No somos ilusos, ni
tenemos que defendernos con argumentos de la razón lo que otros niegan. Tampoco
necesitamos la autoridad de la ciencia, ni su permiso.
Cómo perro inquieto alborotado
que sabe de su amo antes de que aparezca por la puerta, presentí la llegada
de Winni días antes de conocerlo. Eran fiestas navideñas. Yo me sentía muy alegre, sin un
motivo especial. Días más tarde escuché decir
a la neurocientífica Nazaret Castellanos que el cuerpo sabe antes que la cabeza
lo que va a acontecer. Era una evidencia, una prueba más, que me
hablaba, y se manifestaba en mi cuerpo, pues estaba especialmente
feliz y contenta, sin motivo aparente, más bien todo lo contrario. El día de
Navidad celebrábamos en la que había sido mi casa hasta separarme, la comida familiar, de la que nos encargábamos mi ex y yo. Convinimos con él hacerlo de esta manera. Recuerdo que el cuerpo me pedía bailar, y así lo hice sin ninguna compañía. Me sentía radiante. Lo mismo pasó la noche de fin de año, que la
pasé sola y sin embargo me sentía acompañada y era extrañamente feliz, como los días que siguieron hasta que apareció él.
El hombre maduro y atractivo, de porte educado y académico que vieron mis ojos unos días más tarde, me gustó desde el mismo instante que se cruzaron nuestras miradas. Le sonreí por primera vez, la tarde del nueve de enero y nunca más de dejado de hacerlo. Winni había venido a mi vida para mejorar mi sonrisa, para hacerme feliz y para quererme. Ese era el motivo de mi anticipada alegría.
La primera vez que escuché su voz
por teléfono, me encantó su tono lírico, la manera como se expresaba y se
entregaba a la conversación, el interés y el entusiasmo con que me recibía.
Pasó una semana hasta que nos conocimos personalmente en una cafetería de la
Diagonal. Yo llegué un poco antes y reservé una mesa, me preocupaba que me
esperase fuera y no me viera. Salí a su encuentro, y en ese momento él entraba. Cuando se encontraron nuestras miradas, nos reconocimos, sonreímos
ampliamente, nos llamamos por nuestro nombre y nos dimos dos besos. A mí me
salió cogerle de la mano para llevarlo hasta la mesa que había reservado. Ese
hombre alto y delgado, de aspecto agradable que acababa de conocer, estaba en buena forma, se veía
una persona cuidada, tenía algo más edad que la mía. Nos mirábamos, sonreíamos,
estábamos encantados de conocernos, de estar sentados uno en frente del
otro. Empezamos a charlar con la
naturalidad de personas que ya se conocían antes. Con la felicidad de personas que se estaban
buscando y se acababan de encontrar. Su hablar era fluido, tenía
una soltura natural cuando hablaba de sentimientos y de emociones, cosa poco común
en un hombre. Los dos nos entregamos al plácido juego de la conquista, a dar lo
mejor de nosotros, sin dejar de ser quienes éramos. Era nuestra primera cita.
La agencia me advirtió que había
muchas más mujeres que hombres, insinuando que no iba a ser fácil encontrar a
la persona que buscaba. Escuchar esa afirmación no me desilusionó, tenía confianza. Una confianza no
basada en la lógica, ni en la razón, pero sí en la metafísica, porque creo en
las batallas que se ganan tejiendo sueños cuando se persevera y se trabaja para
conquistarlos. El hombre que había soñado, lo tenía sonriendo delante de mí.
Estaba muy contenta de ponerle cara, pues en la agencia no lo hacían. No
facilitaban fotos de los candidatos, cosa que me parecía bien, pues las
imágenes tienden a ser discriminatorias, no lo muestran todo y hasta pueden ser
engañosas. Todos en algún momento
mostramos lo que queremos ser más que lo que realmente somos, y nunca la otra
cara, la que nos completa. Al rechazar a una persona por la imagen, se puede
cometer la imprudencia de perdernos lo más valioso de la misma. Ahora tocaba conocerse: gustarse, atraerse,
admirarse, quererse, desearse, amarse.
Emparejarnos con otra persona afín a nuestros gustos y valores. Ese y no
otro era el deseo compartido. La finalidad.
Unos meses antes yo escribí en un cuaderno, los atributos y condiciones que debía tener el hombre que yo
quería como mi nueva pareja. Buscaba un compañero de vida. Quería una persona saludable, física y mentalmente, que fuera cariñoso, que se quisiera y supiera querer, y que tuviera
algún tipo de formación, si era académica mejor. De los siete atributos y
condiciones que escribí, Winni los reunía todos. La sonrisa se me iba fijando
en la cara de manera permanente, cada vez que hablábamos y en los encuentros que vinieron después.
Se llamaba como mi abuelo
materno, Vicente, y como su hijo, mi tío Vicente. Al poco de conocernos, me
propuso llamarle Winni. Me preguntó si me apetecía llamarlo así, pues Vicente
le parecía un nombre antiguo. En una relación nueva ha de haber cambios: me
dijo. Winni es el diminutivo de Vicente en inglés, y suena bien. ¿Te gustaría?
Acepté gustosa, pues Vicente, efectivamente, sonaba a pasado. Y si algo éramos
Winni y yo, era presente y futuro.
Si bien éramos personas de
avanzada edad, nos sentimos como dos jóvenes maduros, apasionados, con una vida
común por delante, que queríamos compartir, con amor y cuidados el uno con el
otro. Si teníamos más edad, solo era porque algunos «cogimos carrerilla y nos adelantamos al nacer». Eso también tenía
sus ventajas. El conocimiento, la experiencia y por supuesto el buen juicio,
nos hacía sentir personas de valor; hemos aprendido a querernos más y mejor, a
no necesitar el aplauso de nadie —aunque sí el abrazo—, ahora sabemos con mayor
claridad lo que no queremos. No queremos vivir en ninguna sombra, que no sea la
de la higuera, a la fresca en verano, en el lugar elegido, y mucho menos en los
sótanos de la vida, donde a menudo se abandonan los cuerpos gastados de las
personas mayores, vencidas por la edad. En un vivir de triste soledad y de
derribo.
Cuando buscamos respuestas, como
hago yo ahora, a cambios que suceden en
nuestras vidas tan transcendentes, —como es amar y ser amada por un hombre
distinto después de separarte del que fue tu marido durante cincuenta
años— como es empezar una vida nueva a
los setenta años de edad, si echamos la mirada atrás buscando entendimiento,
encontraremos ─como es mi caso─ cómo hemos ido recogiendo «miguitas de pan» en el camino
siguiendo la ruta correcta: la nuestra, para no perder la pista de aquello que
perseguíamos y que era bueno para nosotros. En otro momento contaré como llegué hasta
aquí, de qué manera insistente se repetían las señales que debía atender,
concretamente una en particular, que me hablaba de manera insistente y muy significativa, del gran cambio que se iba a producir en mi vida, y
que yo no lograba descifrar.
Hacía un año que mi exmarido y yo
nos habíamos separado. Lo hicimos de manera amistosa. Todas las casualidades
tienen un principio de causalidad que origina lo que nosotros llamamos el azar.
Todo en el universo se rige por ese principio de causa-efecto, en un orden
natural. Cada uno de nosotros somos universos sometidos a esas reglas. Reglas
que a menudo quebrantamos o irrumpimos por desconocimiento, por intrusismo, por
falta de actitud y de experiencia. Cuando no seguimos las reglas naturales del
vivir, otras nos someten. Nos desorientamos y enfermamos, perdemos fuerza. Una
señal de que hacemos las cosas bien, es cuando todo a nuestro alrededor
discurre de manera no forzada: natural, sin agresiones, ni contratiempos, sin
fricciones, sin demoras. Los acontecimientos fluyen, se suceden de manera
oportuna, cuando corresponde, cuando no hay impedimentos ni enfrentamientos. Cuando entendemos
las entrelíneas y las reglas no escritas y actuamos participando de ese orden armónico. Las señales, los símbolos, los patrones que se repiten de
manera continua en nuestras visas, como señales de tráfico que nos indican la
dirección exacta y nos orientan en el buen camino, no son tan difíciles de reconocer, si las atendemos. La vida discurre
mucho más amable. Nos sonríe, nos va bien. Somos menos engañados. Nos pasan cosas maravillosas y
encontramos el amor.
Winni es una persona sana, en el término más amplio de la palabra. Inteligente y compasiva. Defensor de las personas más vulnerables y necesitadas. Es un excelente compañero y maestro, del que tengo mucho que aprender. Hay una cualidad en él, que me gusta de manera especial: es un apasionado de la vida, con una mente motivada y activa, en pleno rendimiento. Un ser entrañable, de gran corazón, lleno de amor por los seres humanos, y ahora por mí. Desde el segundo día tomó mi mano, y no la ha soltado más. Y yo lo he alojado en mi corazón.
Juntos
estamos colocando los cimientos de lo que será nuestra nueva vida. Construimos
un futuro con proyectos ilusionantes y lo hacemos desde el cariño y el respeto,
desde la admiración y la diferencia, desde la atención y la escucha, desde la pasión, desde el
detalle más insignificante que sabemos hace feliz al otro. Le hemos puesto un nombre a esto nuestro: se
llama AMOR.