Mostrando entradas con la etiqueta La madre de mis hijas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La madre de mis hijas. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de febrero de 2020

DESDE EL BANCO DE LA RESERVA, REFLEXIONES


Muchos son los sinsabores y quebrantos que padres y madres mayores sufren de los hijos adultos cuando estos están creciendo y madurando.  Muchos los hijos que en ese despertar a la frustración y discurrir por la vida, entre desencantos y entresijos, encuentran en los padres el blanco perfecto donde descargar la batería de insatisfacciones y de rabia. Frustraciones naturales de un desorden generacional que necesita su tiempo para ser entendido, procesado y disculpado, cuando no perdonado.


Corazones tendidos al sol desangrándose

Hablo del hijo intolerante que ya no atiende la voz de la madre o el consejo del padre, que los mira con desatino y desprecio, que tiende a reprochar, a ridiculizar, que se aleja. Cuando esto ocurre y nos ponemos en la piel de la madre que ha protegido y amado y lo sigue haciendo  -sin que eso la convierta en inocente ni perfecta- entendemos su dolor y su silencio, su prudencia. La mente pertinaz se flagela y le habla inútilmente a un corazón herido que no atiende razones. Cuando los padres fallan a los hijos que han hecho su crianza lo mejor que han sabido, y les han dado los medios para hacer de ellos personas sanas y rectas, no hay culpables, aunque el corazón así lo sienta.

¿Quién puede causar dolor sin antes haberlo sufrido? ¿Quién puede recibirlo sin antes haberlo dado?:  el dolor y las heridas son  inevitables al discurrir de la vida. Todos en algún momento somos víctimas y verdugos, de un sistema que nos culpa y encadena. Es natural que de padres a hijos se transmitan imperfecciones cuando criamos y educamos a nuestros menores. Esto es una gran escuela, aquí estamos todos aprendiendo y, todos lo hacemos de manera incompleta, cada uno en el contexto que le toca vivir. Se entiende que en la juventud cuando se produce el mayor despertar a la vida adulta, se produzcan enfrentamientos y rechazos con los padres, incomunicación,  enfrentamientos, incomprensión y como consecuencia, la insatisfacción. 

Cuando los padres nos hacemos mayores seguimos aprendiendo; la madurez nos enseña a interpretar las experiencias vividas de manera diferente, con una mirada más expandida, más comprensiva y dispuesta al entendimiento, aunque a efectos prácticos sirva en ocasiones de poco,  porque a ojos de la sociedad se van reduciendo, son menos escuchados, se les concede menor crédito. ¿Qué injusta realidad, verdad?. Cuando uno más sabe y está más preparado para aportar a la comunidad va y lo trasfieren a la reserva, al banco de los olvidos. Podría parecer una zona de confort pero no lo es, yo la llamo la zona peligrosa, porque la invisibilidad produce atropellos que los invalida, que los deja frágiles y vulnerables como pañuelos de papel. Es un hecho que pocos los miran y menos los ven. Por eso las personas adultas necesitan tanto de la comprensión y los afectos,  la gratitud y el cariño de los próximos, especialmente de los hijos, y como no, siempre del aprecio y del respeto.  

Hay padres y madres mayores, mentalmente muy jóvenes, mucho más jóvenes que la edad que tienen sus hijos, por su manera de estar y de pensar. La mayoría de hijos esto no lo entienden, porque no lo han vivido todavía. En este poema de la poeta nicaragüense Gioconda Belli, La madre de mis hijas se refiere a sí misma como "ella",  una extraña, una perfecta desconocida a la mirada de sus hijos, condenada a la clandestinidad y la incomprensión. De eso habla este poema. 
A muchas madres les resultará familiar alguno de sus versos. A aquellas que dándolo todo, ya adultas,  aún conservan la melena de leonas. 

  


LA MADRE DE MIS HIJAS

  
La madre de mis hijas,

la del pelo de leona
una mujer niña
que padeció largos dolores de crecimiento
que, a la par de ellas,
-no antes-
conoció la poesía, el desafío,
el olor a aceite de fusil
la textura irregular
de las granadas de fragmentación.

La madre de mis hijas
tan preocupada siempre
por ser feliz
por no dejarse escatimar el día;
las que les pintó las cunas y el cuarto
con colores sicodélicos
-la cuna de Melissa, la cama de Maryam
naranja brillante-
ella que descubrió la piel escurridiza del tiempo
la infidelidad, el escondite
y que les lloraba en el pecho
-hija de las hijas-
ensimismada en sus cosas
llevándolas de un lado a otro
como paquetes
apurada y sin tiempo
para detenerse y jugar.

La madre de mis hijas
huyendo de ellas
por no saber como hacer las paces con ellas
cómo evitar la quieta censura
el reclamo en los ojos;
la que les escribió poemas de amor
para los días cuando la entendieran,
cuando el resentimiento
no les hiciera mella.

La madre de mis hijas
empecinada en vivir una vida
que valiera la pena
para que ellas al menos dijeran
"Esto, aquello, permanece
No en vano la extrañamos."

La madre de mis hijas
contempla la sólida nobleza de la mayor
la tenaz perseverancia de la segunda
la rebelde independencia de la tercera
ve tres mujeres florecidas
en ruta cierta al esplendor
ve a las que son madres
entregarse rotundas al oficio de los hijos
y piensa
que entre todo lo que hizo mal
o dejó de hacer
algo haría bien,
algo.


Giconda Belli

domingo, 29 de julio de 2018

REFLEXIONES DESDE EL BANCO DE LOS OLVIDADOS

Muchos son los sinsabores y quebrantos que padres y madres mayores sufren de los hijos adultos cuando estos están creciendo y madurando, en otros aspectos que no son el físico, claro.  Muchos los hijos que en ese despertar a la frustración y discurrir por la vida entre desencantos y entresijos lógicos que la vida produce, encuentran en los padres el blanco perfecto donde descargar la batería de insatisfacciones y rabia. Frustraciones naturales de un desorden generacional que necesita su tiempo para ser entendido y procesado y disculpado cuando no perdonado. 


Corazones tendidos al sol desangrándose



Hablo del hijo intolerante que ya no atiende la voz de la madre o el consejo del padre, que los mira con desatino y desprecio, que tiende a reprochar, ridiculizar, que se aleja. Cuando esto ocurre y nos ponemos en la piel de la madre que ha amado y sigue amando, cuida y protege a sus hijos, -sin que eso la convierta en inocente ni perfecta-, entendemos algo de su dolor y su silencio, de su prudencia, de los pensamientos rayados que procesa  su cabeza hablándole al corazón en un discurso tan inútil como pertinaz: sé que te fallé, no me ataques, de nada soy culpable, lo hice de la mejor manera.

¿Quién puede causar dolor sin antes haberlo sufrido? ¿Quién puede recibirlo sin antes haberlo dado?: involuntaria inconscientemente, sí, pero dolor inevitable que conlleva el discurrir por los caminos de la evolución. Todos somos víctimas y verdugos de un sistema que nos culpa y encadena. Es natural que de padres a hijos se transmitan esas imperfecciones cuando criamos y educamos a nuestros menores, todos estamos aprendiendo y todos lo hacemos de manera imperfecta e incompleta porque el propio mundo es así: de ahí el rechazo, de ahí la  incomunicación y como consecuencia la lógica insatisfacción. 

Cuando los padres se hacen mayores siguen aprendiendo; una de las cosas que les enseña su madurez es a interpretar las experiencias de manera diferente, con una mirada más extensa y expandida, cosa que a efectos prácticos les sirve de muy poco porque a la vez que eso sucede se van haciendo cada vez más pequeños e invisibles a los ojos ajenos de la sociedad. ¿Que injusta realidad, verdad?. Cuando uno sabe y está más preparado para aportar a la comunidad va y lo trasfieren a la reserva, al banco de los olvidos. Podría parecer una zona de confort y no lo es, yo la llamo zona de alto riesgo, porque la invisibilidad produce atropellos que los invalida y deja frágiles y vulnerables como un pañuelo de papel. Es un hecho que pocos los miran y menos los ven. Por eso necesitan tanto de la comprensión y los afectos de los próximos, especialmente de los hijos, y como no, del aprecio y siempre del respeto. 

Hay padres mayores mentalmente muy jóvenes, mucho más jóvenes de la edad que tienen o aparentan, también en lo físico, conozco casos de padres más jóvenes que sus hijos, por su manera de estar y de pensar, esto la mayoría de hijos no lo entienden, porque no lo han vivido,  pero es así, esos padres, esas mujeres ricas y frondosas: universos y madres como la autora de este poema: LA MADRE DE MIS HIJAS se refiere a sí misma como "ella", se presenta como una extraña, una perfecta desconocida a la mirada de sus hijos, condenada a la clandestinidad y la incomprensión. De eso habla este poema, de lo mismo que hablo yo cuando digo que yo también me ocupe de los hijos como una leona, y para bien o para mal y hasta el final seguiré conservando la melena.

Elena


  

LA MADRE DE MIS HIJAS

  

La madre de mis hijas,

la del pelo de leona

una mujer niña

que padeció largos dolores de crecimiento
que, a la par de ellas,
-no antes-
conoció la poesía, el desafío,
el olor a aceite de fusil
la textura irregular
de las granadas de fragmentación.

La madre de mis hijas
tan preocupada siempre
por ser feliz
por no dejarse escatimar el día;
las que les pintó las cunas y el cuarto
con colores sicodélicos
-la cuna de Melissa, la cama de Maryam
naranja brillante-
ella que descubrió la piel escurridiza del tiempo
la infidelidad, el escondite
y que les lloraba en el pecho
-hija de las hijas-
ensimismada en sus cosas
llevándolas de un lado a otro
como paquetes
apurada y sin tiempo
para detenerse y jugar.

La madre de mis hijas
huyendo de ellas
por no saber como hacer las paces con ellas
cómo evitar la quieta censura
el reclamo en los ojos;
la que les escribió poemas de amor
para los días cuando la entendieran,
cuando el resentimiento
no les hiciera mella.

La madre de mis hijas
empecinada en vivir una vida
que valiera la pena
para que ellas al menos dijeran
"Esto, aquello, permanece
No en vano la extrañamos."

La madre de mis hijas
contempla la sólida nobleza de la mayor
la tenaz perseverancia de la segunda
la rebelde independencia de la tercera
ve tres mujeres florecidas
en ruta cierta al esplendor
ve a las que son madres
entregarse rotundas al oficio de los hijos
y piensa
que entre todo lo que hizo mal
o dejó de hacer
algo haría bien,
algo.


Giconda Belli

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...