Muchos son los sinsabores y quebrantos que los padres mayores sufren de los hijos adultos. Muchos los hijos que en ese despertar a la frustración y el desencanto natural del discurrir que la vida produce, encuentran en los padres el blanco perfecto donde descargar la batería de reproches. Insatisfacciones y frustraciones naturales de un desorden generacional que necesita su tiempo para ser entendido, procesado y disculpado, cuando no perdonado.
![]() |
| Corazones tendidos al sol desangrándose |
Hablo del hijo intolerante que ya no atiende la voz de la madre o el consejo del padre, que los mira con desdén y hasta con desprecio, que tiende a reprochar, a faltar al respeto; que se aleja. Cuando esto pasa y nos ponemos en la piel de la madre, que ha protegido, cuidado y amado a sus hijos -sin que eso la convierta en la madre perfecta- entendemos de su dolor resiliente y su prudencia en no avivar el fuego de las paupérrimas razones que al corazón no le interesan. Cuando actúa el corazón el calor es de hoguera, nunca quema.
¿Quién puede causar dolor sin antes haberlo sufrido? ¿Quién puede recibirlo sin antes haberlo dado?: involuntaria inconscientemente, sí, pero dolor inevitable que conlleva el discurrir por la vida. Todos somos de alguna manera en diferentes momentos, víctimas y verdugos a la vez, de un sistema que nos culpa y encadena. Es natural que de padres a hijos se transmitan esas insatisfacciones cuando criamos y educamos a nuestros menores; todos estamos aprendiendo y todos lo hacemos de manera imperfecta e incompleta, porque el propio mundo es así, somos su espejo, de ahí el rechazo, de ahí la incomunicación y como consecuencia la lógica insatisfacción.
Cuando los padres se hacen mayores siguen aprendiendo. En la madurez de la vida las experiencias se interpretan con una mirada más amplia, que a efectos prácticos sienten que sirve de poco, porque van haciéndose pequeños a los ojos de la sociedad. ¿Qué injusta realidad, verdad? Cuando uno sabe más y está más preparado para aportar a la comunidad va y lo trasfieren a la reserva, al banco de los olvidados. Podría parecer una zona de confort y sin embargo es una zona de alto riesgo, porque la invisibilidad produce atropellos que los invalidan y los vulnera como a pañuelos de papel. Pocos los miran y menos los ven. Más que nunca necesitan la comprensión, los afectos y el respeto de los próximos, especialmente de los hijos.
Hay padres mayores mentalmente muy jóvenes, también en lo físico: conozco casos de padres de apariencia más joven que sus descendientes, por su manera de estar y de pensar. Los hijos no lo entienden ni valoran, porque les falta recorrido de vida. Esos padres y mujeres en su papel de padres merecen el respeto y el cariño de los suyos, porque muy probablemente lo tienen ganado.
La autora de este poema: LA MADRE DE MIS HIJAS se refiere a sí misma como "ella", se presenta como una extraña, una perfecta desconocida a la mirada de sus hijos, condenada a la clandestinidad y la incomprensión. De eso habla este poema, de lo mismo que quiero decir yo, cuando digo que también me ocupe de los hijos como una leona que aún conserva la melena.
LA MADRE DE MIS HIJAS
La madre de mis hijas,
la del pelo de leona
una mujer niña
que padeció largos dolores de crecimiento
que, a la par de ellas,
-no antes-
conoció la poesía, el desafío,
el olor a aceite de fusil
la textura irregular
de las granadas de fragmentación.
La madre de mis hijas
tan preocupada siempre
por ser feliz
por no dejarse escatimar el día;
las que les pintó las cunas y el cuarto
con colores sicodélicos
-la cuna de Melissa, la cama de Maryam
naranja brillante-
ella que descubrió la piel escurridiza del tiempo
la infidelidad, el escondite
y que les lloraba en el pecho
-hija de las hijas-
ensimismada en sus cosas
llevándolas de un lado a otro
como paquetes
apurada y sin tiempo
para detenerse y jugar.
La madre de mis hijas
huyendo de ellas
por no saber como hacer las paces con ellas
cómo evitar la quieta censura
el reclamo en los ojos;
la que les escribió poemas de amor
para los días cuando la entendieran,
cuando el resentimiento
no les hiciera mella.
La madre de mis hijas
empecinada en vivir una vida
que valiera la pena
para que ellas al menos dijeran
"Esto, aquello, permanece
No en vano la extrañamos."
La madre de mis hijas
contempla la sólida nobleza de la mayor
la tenaz perseverancia de la segunda
la rebelde independencia de la tercera
ve tres mujeres florecidas
en ruta cierta al esplendor
ve a las que son madres
entregarse rotundas al oficio de los hijos
y piensa
que entre todo lo que hizo mal
o dejó de hacer
algo haría bien,
algo.
Giconda Belli
