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miércoles, 2 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE NO ES LA VUELTA ES EL COMIENZO


                                                   Obra del escultor Davide Dall´Osso

Se apaga el verano con la luz de los días. Es septiembre un mes esquinero  de despedidas y de reinicios donde cambian las intenciones, la identidad de los actos y los atuendos de los roperos. Es también un tiempo de vendimia y de recogida, de saborear los recuerdos dulces del último verano y de valorar los amargos. Porque nada es, ni pasa en vano. No son los propósitos una carga cuando se persigue la conquista, si le ponemos empeño y corazón a la intención.
Son las seis y cuarto de la mañana, me despierto temprano. Estoy en la hermosa ciudad imperial de Viena mientras escribo estas palabras, he venido con mi amiga Carme. No importa donde me encuentre, me gustan todos los amaneceres que me despiertan y me traen la luz y la calma que necesito, preparo mi primer café del día y me siento a escribir, quiero acabar el texto, septiembre está encima.
El Meteosat anuncia un descenso de las temperaturas, que será un día de tormentas y de lluvias, probablemente eléctricas, que de cara al medio día tendremos nubes y claros. El estado del tiempo es como el de las personas, siempre variable: de ánimo templado, de sangre caliente, de corazón helado, de sentimientos inestables. Adaptable y voluble, polivalente como las conversaciones de los adultos rellenando silencios incómodos cuando se encuentran y no tienen nada que decirse.

En la climatología como en los accidentes cotidianos que a menudo nos suceden, hay mucho margen de error, salvo cuando un tornado de guante blanco y origen desconocido fulmina tu ordenador y te deja en estado de shock dos días, que es lo que me sucedió a mí el pasado verano, cuando me disponía a trabajar en un relato. Arrasó todos los registros que encontró en su batida. No hubo indulgencia, ni posibilidad alguna que salvara el contenido de mis archivos. 

Lo cierto es que existen nubes que conservan memorias, discos duros con recordatorios a modo de trasteros, como yo los llamo, donde se guardan y almacenan todo tipo de cosas al desgaire, sin ningún arbitrio. Muchos de ellos de nulo interés operativo, que los sistemas que operan en nuestras computadoras y en nuestras vidas los almacenan a su manera, restando capacidad. Y yo que soy de otra época, no acostumbrada a la tecnología dominante de este momento, no puse la atención necesaria para evitar las consecuencias de ese accidente en el que perdí trabajos de valor. 
Cuando no me ocupo bien de mí y de mis cosas, se acaban dando circunstancias mil, que otras personas o sistemas las gestionan de manera impuesta, entendidas y finalmente aceptadas. Ese atropello me obligaba a poner atención y enmendar errores de orden en mis cosas, las que realmente son importantes para mi trabajo. Lo vuelvo a recordar ahora, en el mes nueve, donde se abren las oportunidades, los retos de las nuevas etapas, para hacer posible renovar la belleza de tantas cosas como son necesarias. Andamos todos muy atropellados, en un clima de temperaturas elevadas, que modifica nuestro estado de bienestar por un lado y por el otro, nos induce a comportamientos que anulan nuestra voluntad y nos arrollan como un tornado.
Las nubes deberían estar para soñar, imaginar, fantasear, desahogarse y echarse a llorar de tanto en tanto, cuando el cuerpo lo pide; no para guardar memorias con resacas, obsoletas y trasnochadas, sin vitalidad alguna, que embotan y restan capacidades. Otra cosa es ocuparse en conservar aquello que consideramos importante. Ser activos y selectivos; reflexionar, elegir, pararse a pensar en cómo hacer bien las cosas, avanzando con el fluir de la vida, para volver a empezar tantas veces como sean necesarias. 
La actitud ante los sucesos es determinante. Las situaciones que no podemos cambiar nos desafían a hacer cambios en nosotros mismos. Durante este verano he cambiado de país en cuatro ocasiones, en dos de ellas mi teléfono itinerante se bloqueaba; la primera vez me obsesioné pensando que debía ajustar algo que desconocía; revisaba las configuraciones y no conseguía línea, la segunda pasó algo parecido, hasta que finalmente alguien me dijo: apaga tu teléfono y vuélvelo a encender, y así es como funcionó y se acabaron los problemas. Los reseteos tecnológicos y los reinicios ordenan nuestros aparatos y nuestras vidas, nos ponen en línea y dirección. 
Si hay un mes propicio para el cambio, este es septiembre, como empecé diciendo, Hay que darle cuerda al corazón y a la cabeza, van juntos de la mano, como las dos saetas del reloj.

La humanidad evoluciona porque supera lo que es y lo que tiene, y lo hace cambiando conductas y hábitos que le abren caminos y puertas nuevas, deja en nuestras manos las herramientas necesarias, los maestros, los libros, a las personas que nos van a acompañar. Todo nuestro trabajo consiste  en volver a empezar, porque la vida no envejece, continua y se renueva, siempre está en marcha. No solo en movimiento giratorio circular, sino también ascendente, lo que significa en evolución. Cuando nos atascamos, la vida nos manda fontaneros con formas políticamente incorrectas, pero que acaban solucionando nuestros desajustes. Para evolucionar, escribió Siddhartha, hay que dejar morir una versión antigua de ti: un hábito, una excusa.

En nuestro trabajo diario ─no en el sacrificio y la resignación─ se gesta la belleza del esfuerzo que mas pronto que tarde dará su fruto. Entonces el mundo se vuelve más amable, dispuesto y colaborativo, nos sonríe no solo a nosotros, sino a todo lo que es, porque estamos contribuyendo en cocrear conjuntamente nuevas realidades, que mejorarán las condiciones de vida de todos, en especial de los que más lo necesitan. Eso es belleza y progreso. 

lunes, 29 de septiembre de 2025

LA BELLEZA DE LOS FINALES



En Septiembre se apaga la luz a pasos acelerados, es un mes de inicios y de reinicios, un mes esquinero, donde cambian los propósitos y las intenciones, la identidad de los actos, el ropero de las personas. Luces y sombras alteran sus tiempos. Si hay un mes propicio al cambio, sin lugar a dudas, este es Septiembre.   

Son las seis y veinticuatro de la mañana. La meteorología anuncia un descenso de las temperaturas, que será un día con probabilidad de tormentas eléctricas y de lluvias y que pasado el medio día habrá nubes y claros. La meteorología habla mucho de nosotros, de nuestros cambios y estados de ánimo, además de ser el tema principal de conversación en los ascensores. Eso no cambia; seguimos llenando de palabras huecas la existencia, no hay margen de error, como no lo hay en que yo recupere la memoria perdida del disco duro de mi ordenador: archivos, carpetas, descargas de contratos, facturas,  imágenes, memorias, textos, documentos de valor... Todo se me perdió en un instante, arrollado por un sunami informático de origen desconocido, sin más explicación que una solicitud, a modo de epitafio, que me pedía una clave Bitlocker  de cuarenta y dos dígitos, que por supuesto yo no tenía. 

Y es que la vida está llena de accidentes, de "de repentes" y  de infortunios, de aparentes caprichos del azar, actuando como caudal de rio, arrollando recodos estancados que necesitan recuperar su cauce natural. Así me explico yo los pormenores, los "sin más" los "porque sí" aquello que nos obliga por un lado a salir de nosotros y por otro a la reflexión, a la introspección, a la que todos somos convocados. Acción y reflexión se confrontan en un movimiento perpetuo de identidad, en un diálogo constante con el otro, en el intento de llegar al fondo de uno mismo. Sin atropellos ni empujones, impidiendo que nada ni nadie nos arrolle.  

Sin embargo cuando se tiene el ánimo calloso, y la edad antigua que yo tengo ahora, las idea se vuelven más lentas, dispersas y evanescentes; se está más cansado. La carga de la memoria, es más pesada y pegajosa.  Descargas repentinas buscan alojamiento en comprensiones y entendimientos que no llegan. Somos desbaratados con frecuencia por invisibilidad; aunque atenuada, tenemos luz propia, no llevamos chalecos con colores refractarios que llevan los más jóvenes. Es normal que muchas veces nos apaguemos y nos cueste sonreír, que no tengamos ganas de entrar en conversaciones sobre el tiempo en los ascensores. Por otro lado la memoria de la sangre lleva muchas impurezas que no están diagnosticadas ni tratadas, que no son de azúcar ni de colesterol, que deberían ser entendidas y atendidas con humanidad y con amor.
  
Leí no hace mucho, que los sueños son de las pocas cosas que no pertenecen al pasado: son del futuro. Escuché estas palabras de una persona de edad -más agnóstica que escéptica- que le decía a su amada: «Quiero creer que existe algo, que hay un más allá, solo para vivirlo siempre contigo». Es alentador, que alguien te necesite y te quiera así. Palabras tan llenas de esperanza dan cobijo al corazón maduro, en su vivir inalámbrico, desconectado de la gran red humana por invisibilidad.

Comparto con una joven amiga escritora, el gusto por la escritura, las dos hablamos del dolor, la soledad y la tristeza. Lo utilizamos como instrumento acicate que nos ayuda a comprender, a paliar los efectos icebergs de esta larga travesía que es la vida. A veces somos cansinas: nos repetimos, pero no nos importa porque también contamos en nuestro haber con el don de la alegría: disfrutamos de la capacidad de sentirnos invadidas por ella, de servirla y de gozarla. No hay dolor sin alegría, no hay alegría sin dolor. 

El órgano vital más dañado de muchas de las personas que he conocido y conozco es el corazón, a veces helado de tanto vivir en la intemperie. Como lo fue el de Fernando Pessoa:
«Soy un evadido. En cuanto nací, en mi me encerraron. Pero yo me fui»
 
Todos los seres humanos somos de alguna manera "titanes", en la misma medida y textura que lo es nuestro sufrimiento. Perseguimos absolutos, de forma infructuosa y equivocada.  Estamos en una continua trasformación que incomoda nuestro vivir, porque nos hace estar en un estado de sentimiento indefinido que nos produce inseguridad. Vivir, es saber estar en la cuerda floja, siempre en continuo equilibrio. Arrastramos un gran bagaje de dolor y de incomprensión  que ocultamos a la vista de los otros, para que nuestro ego no sufra. Somos esclavos de nuestra ignorancia y de nuestro sufrimiento, de nuestro silencio. 
Es en las orillas y en  los límites de las cosas y de los actos donde la vida tiende a desdibujarse, donde se rinden los sueños y son vencidas las memorias. Sin embargo vivir es tomar decisiones, reconstruirse, soñar, conocerse un poco más cada día y avanzar con la cabeza alta. La autobiografía es un conocimiento terapéutico que nos ayuda a un vivir más profundo.  Necesitamos saber de nosotros, para sanarnos, para que no haya derrota.
 
Muchas veces para alcanzar la "luz"  se dan circunstancias  externas, con señales y contratiempos de todo tipo y manera, que nos invitan unas veces y, otras nos empujan a salir del escondite oscuro. Eso explica mi perdida de memoria en el ordenador. Hay recuerdos que debo abandonar, porque no tienen ninguna utilidad, porque lastran mi propósito de vida, que no es otro que el de aprender y disfrutar.    
Todo en la vida nos enseña, nos pide cambios, compromiso, reflexión, esfuerzo y miradas nuevas.  Voluntad de almas marineras volando a otros universos mejorables. Viviendo por y para la esperanza, en su certidumbre. Construyendo el mejor de los sueños, con la alegría puesta en los finales, porque allí  encontraremos la luz necesaria y la belleza de los nuevos comienzos.
   
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