El deseo de lo que no pudo ser dice Simone Weil guarda una inherente contradicción, es llave y cerrojo a la vez, por un lado, abre puertas a la búsqueda, al descubrimiento de manera incesante, por otro a la certeza de que lo que vivimos nunca nos satisface del todo. Entender el sentido de la vida para poner en cuestión todo aquello que nos deformó y a la vez nos transformó. De eso va este relato.
Obra digital de Cristian Schloe
Cuatro meses antes de la pandemia me inscribí en un curso de poesía impartido por el poeta Jesús Aguado, buen maestro y excelente guía poético, del que se podía aprender mucho. Al poco, nos recluyeron en casa y las clases que hasta entonces habían sido presenciales y cercanas, al pequeño grupo que éramos, continuaron por Zoom. Para mi ya no fue lo mismo.
Allí conocí a Juana y a otros senderistas buscadores de Vida debajo de las piedras. Juana había dedicado la suya al estudio y a la enseñanza de Filosofía, dando clases en diferentes institutos de la ciudad. Cuando escuchaba los poemas que Juana traía a clase y me tocaba a mi leer los míos, mi voz se quebraba. El hondo calado de sus versos compuestos por metáforas preciosas, recibía el reconocimiento de todos nosotros, incluidos los del maestro. Sus textos en prosa, sobre las pérdidas, la familia y los afectos que nos sostienen, eran de una calidad literaria que distaba mucho de la mía. Yo era una recién llegada a este mundo y al de Juana, de la que pronto me convertí en su admiradora y en una buena amiga. A ella le gustaba como escribía yo, me lo decía de una manera amable, imaginaba que era por la forma atrevida de mi expresión y porque ambas discurríamos entre parajes epidérmicos y profundidades parecidas, aunque lo cierto era que mis trabajos de «interiorismo poético» se quedaban muy cortos. Ella era una gran lectora, siempre lo había sido, las paredes de su casa estaban tapizadas de libros, yo sin embargo había empezado a leer muy tarde. Cuando Juana dejó de corregir exámenes y perseguir horizontes ya conquistados, se dedicó de lleno a la escritura, dando como resultado la publicación de cuatro libros, muy bien valorados por sus lectores y agentes literarios, entre ellos el poemario Bestiario del Deseo, al que yo le tenía especial aprecio y que guardaba siempre en mi mesa de trabajo en forma inspiradora. La poesía brotaba en Juana como un desvelo de amanecer. No eran pocos las mañanas que nos daba a los amigos los buenos días con pequeñas composiciones, que recibíamos por whatsapp como pan de hogaza recién salido del horno, hechos de masa madre y con cuidados artesanos. Versos salidos de la noche, de sus largas noches de insomnio, en las que se convertía en una escribana del cielo. Pese a todo, amanecía temprano para atender sus tareas: ir al gimnasio, a la compra, a cocinar, a tender manos y puentes a quienes pudieran necesitarla, y por supuesto a la tarea que más entregada la tenía y que no era otra que la escritura; reconstruía historias, muchas veces desgarradoras, que la gente le contaba y que ella trasladaba a sus libros con mano de ángel para ensamblar las piezas rotas y poder ofrecer un cuerpo de comprensión y de esperanza.
En una de las clases, el maestro nos pidió componer poemas de contenido erótico. Salí corriendo en busca de Carilda Oliver, la poeta cubana ya fallecida, cuyos tórridos poemas amatorios eran de pura pasión, de una sensualidad desenfrenada y arrolladora como nunca antes había leído. Compuse dos en tono “subido” con la clara convicción, una vez acabados, de la sacudida que iban a producir en la clase, como pude comprobar, pues el alboroto que se formó no fue poco. Me acuerdo como al comentarlos Juana sonreía y me miraba con gesto de aprobación, a la vez que contaba al grupo que ella no se atrevía a escribir así. Y era cierto que su forma de expresión contenida era más desveladora que irruptora, pero yo intuía en Juana una autoridad conmovedora que me llenaba de respeto y ternura hacía ella. Juana y yo éramos personas valientes, en la misma medida que quebrantables. Sus poemas, con especial atención al amor por la familia y a la necesidad de pertenencia, transmitían un profundo sentir de la pérdida; los míos del desamparo, dos formas de abandono que nos unían en un sentimiento compartido de orfandad perdurable. Ella deshacía lazos, y yo nudos: de comprensión y significado, a un dolor que muchas veces no nos pertenecía, o eso creía yo. Juana lo llevaba a sus libros, yo a cuadernos con apuntes, relatos y borradores que pocos veían la luz, acostumbrada como estaba a la oscuridad de la sombra. Cuando se vive en el lado oscuro, como yo había vivido largos periodos de mi infancia, cuesta esclarecer las ideas, ordenarlas hasta hacerlas comprensibles. Se sienten desfragmentadas, lleva una vida poner andamios para construir estructuras sólidas que las sostengan y darles visibilidad. Porque Sentir también es saber. Para entendernos en este mundo tan plural y retorcido como es el nuestro, necesitamos la palabra como notas necesita un pentagrama para que se escuche la música.
Pablo era otro compañero de "altura". Jugaba con las letras con travesura malabar de niño maduro. No dejaba indiferente a nadie. Le escuchaba deslumbrada; tanta pericia volteaba mi cabeza como a los girasoles. Sus poemas me parecían de "ingeniería poética". Mi atención se desparramaba a la primera conjetura, que un Pablo discursivo y galopante, llegado su turno de lectura, lanzaba hipótesis del tipo: "la motivación de un sustantivo", "las caras poliédricas de un adjetivo" o "el sexo de un motivo convertido en transgénero". No había por dónde cogerlos. ¿Aquello era poesía o robótica? me preguntaba: aquello era genialidad que desarmaba cualquier inteligencia.
El maestro admiraba los talentosos textos que Pablo presentaba en clase, difíciles de enmarcar, a los que dedicaba en sus correcciones más tiempo que al resto de compañeros, lecturas que lo mismo se podían leer del derecho que del revés; dejando en su cara una sonrisa emoticono, de oreja a oreja, que no desaparecía hasta que terminaba su lectura y todos cogíamos aire. En algún momento algún alumno de otra clase debió decirle algo, por un comentario que escuché, al hecho de que la reverencia excesiva que dedicaba a ciertos alumnos avezados, minusvalora el trabajo de los más modestos. El caso era que, aunque el talante de Jesús siempre era respetuoso y amigable, y que en Pablo no había afán protagonista que lo pareciera, ni otro ánimo que no fuera el de aprender y pasarlo bien, Pablo era «el elegido».
Lo que sí tenía relevancia en esos talleres, era lo mucho que aprendíamos en ese espacio protegido, donde podíamos expresarnos libremente sin temor a ser juzgados, mientras diseccionábamos estrofas, de la mano maestra de Jesús como experto cirujano que repara, ajusta y coloca venas y arterias en un corazón, para hacerlo bombear. Mientras eso pasaba el mío sangraba, en una hemorragia interna que lo anegaba y que por supuesto nadie veía. Valoraba con cobardía mis composiciones a las que enviaba al cuarto oscuro, en ese espacio donde los Yoes en construcción son relegados y castrados en las dictaduras, que acaban siendo como una segunda residencia, sin luz.
Mi corazón desentendido de razones, sufría en silencio, hasta que un día dejó de escucharse, como se deja de escuchar la voz de los que sientan en las últimas filas. Todo mi esfuerzo se centró en evitar que los compañeros notaran la debilidad de mi estado. Me llené de inseguridades y empecé a planificar mi huida. Me convertí en una fugitiva, porque no quería repetir amargas experiencias de mi pasado escolar, cuando siendo una niña me apagaron la voz y fui condenada al olvido, en el cuarto del silencio. Huellas de un pasado regurgitando en los presentes, cuando nos atropellan circunstancias que nos envuelven en la confusión y nos devuelven a experiencias antiguas reductoras, cuando la vida era nueva, y todo estaba por estrenar. Cuando no teníamos la capacidad de comprensión ni de defensa para manejar ese dolor.
Sabía a todas luces que lo que estaba pasando no era lo que sucedía, era cómo mi inconsciente lo proyectaba desde la experiencia infantil dolorosa no asimilada. Debía mudar mi piel, pero no supe hacerlo; me mudé toda yo, me fui sin dejar rastro, donde nadie pudiera ver mi cuerpo al desnudo.
Pablo era un compañero noble, una persona buena y generosa. Un acicate para que yo aprendiera a superar mis traumas, porque para eso habíamos venido a esta vida, para aprender, porque si no la vida no merecía ser vivida. Nada sabía del pasado de Pablo, ni falta que me hacía, su actitud fue siempre amigable, y para mi fastidio tanto él como Juana eran personas íntegras. Imbatibles. Y ¿yo? ¿Qué era yo? Yo era una mujer asustada, reducida, temerosa de ser aplastada por el gran Goliat y “la Gran dama de las letras”.
Un mes antes de acabar el curso me despedí de la clase y de los compañeros. Dejé de cuestionarme el valor de mis poemas a los que ya había etiquetado de anodinos, edulcorados y pretensiosos... Toqué fondo, apagué las luces internas de seguridad y me fui a mi escondite. El último día escribí una carta de despedida, que leí en clase, por Zoom claro, pues seguíamos en pandemia, en cuyo contenido explicaba en palabras de más y, entreveradas razones, el porqué de mi marcha, carta que recuerdo con una mezcla de vergüenza y decepción. Los compañeros me insistieron cariñosamente para que no me fuera, pero yo ya había tomado mi decisión de retirada. Me ingresé a solas en mi particular uci, para reparar mi voz enmudecida. ¡Vete a llorar a casa! me dije, ¡que te consuelen las paredes! y cuando acabes, seca la humedad que dejas, que no quede rastro de ella, y regresa; vuelve donde lo dejaste. Si no te van las derrotas, levántate y camina: Aprende/lucha/ Crece/ Vence. Crea tu propia suerte, y quédate en ella el tiempo necesario hasta hacerla tuya.
Ya en retirada, le hablé a la niña asustada, de la manera más amorosa que supe, como cuando en mis años infantiles de incomprensión y rechazo le hablaba a la menor, desde un estado adulto. Porque «yo me hice mayor antes que niña», de eso estoy segura, en eso sí fui una aventajada. En las estiradas, cuando me quedaba corto el uniforme, me ocupaba de la pequeña, acudía al escuchar sus sollozos en el cuarto oscuro, la consolaba, lo mismo que hago ahora, con la cabeza más ordenada. Nos sentíamos acompañadas la una de la otra y nos fundíamos en un ovillo para darnos calor. Esa niña siempre vivió en mí, y lo sigue haciendo ahora.
Desde la “atalaya azul naranja” donde me encuentro ahora, recuerdo sin nostalgia a la niña asustada que antes de estrenar la vida aprendió a sobrevivirla. Nunca pudo recuperar su inocencia, porque no le fue robada, tampoco la voz: ambas le fueron negadas. Hoy la mujer adulta que soy, se sigue desfragmentando en la inclemencia del recuerdo, de los días fallidos de mi pasado, cuando me quedaba sin fuerzas, con un fruncido dolor que perdura en el tiempo y que morirá conmigo. Dolor que se repite en las heladas de las estaciones más frías, de esta difícil y dura travesía que a veces es la vida, que nos lleva a reconstruirnos, a reinventarnos en otras fortalezas, para seguir preguntándonos: ¿Qué hacer con tanto dolor? ¿Es que nunca se acaba?
En esas interminables horas de mi pasado doblegado, se encendieron otras luces interiores, que iluminaron nuevas vías de entendimiento. Maduré, y lo hice tan deprisa ¡tanto! que a mi madre le decían: ¡Pero que madura es tu hija! y yo sonreía con una sonrisa de tortuga fatigada, atravesando océanos, que aún conservo: entrenada como estaba a cumplir preceptos, credos y mandamientos, a obedecer órdenes y "modales" a dar lo que se esperaba de mí, sin rechistar, para ser aprobada.
Esas injerencias de vida explican que unos seamos poetas, otros esclavos, analfabetos, obreros, impostores, violentos, malos estudiantes, desheredados... Fortalezas sin reino, Islas. Barcos de vela sin viento, al grito desesperado de: ¡queremos ser encontrados! ¡Reconocidos! ¡Salvados! Huérfanos con padres ─paradójicamente─ que nos salvaron del naufragio total. Heridos sin cicatriz aparente, condenados a la otredad. Desheredados de un mundo que dicta, ajusta y blanquea las conciencias, sin derecho a reclamar "la legítima" por disidencia. Los que se fueron de sí. Nosotros.
Perderse en el desasosiego fue necesario hasta llegar aquí, donde me encuentro ahora, como Juana, como Pablo, como un ingente número de personas adultas y compañeros de vida que como pequeños fragmentos de Pessoa necesitan contar sus historias. Voces que se interrogan curiosas, creativas, compasivas, amorosas y bellas. Corazones náufragos que consumen sus vidas buscando almas afines para sus desembarcos, en cuyas mesas se sirva pan de amor con chocolate espeso y amargo, como la vida misma, pero bañado de dulzura, para las travesías de los inviernos más largos.