domingo, 8 de noviembre de 2026

ENTRENARSE PARA ESTAR A LA ALTURA DEL AZAR


Fluir con los acontecimientos no es lo mismo que dejarse arrastrar por ellos. No resistirse es una opción ganadora a considerar en determinados momentos, cuando nos va la salud o la vida en ello.

Contemplo estos días de otoño, como metáfora del río de la vida que nos lleva, en su corriente, a veces mansa, otras arrolladora, como un fuerte caudal de agua, del río congost ─que pasa por debajo de la casa donde me encuentro─ inunda los espacios y desolla los terrenos de las riberas,  azotado por un severo temporal, por suerte anunciado. Otras sorpresivo, como destino de un azar, caprichoso e inesperado, que campa a sus anchas por los entresijos y grietas terrenales de nuestra existencia humana, unas veces enfermando cuerpos, otras quebrantando almas.

Un pensamiento de Nietzsche nos dice en su obra  autobiográfica Ecce Homo: «Siempre estoy a la altura del azar, y puntualiza: para ser dueño de mí, tengo que estar desprevenido» 
Estar a la altura del azar significa no perder el centro. Mostrar serenidad frente a la adversidad, y tener respuestas que nos salven del caos de la casualidad. Improvisando en el momento de los sucesos, con la flexibilidad requerida y la voluntad convencida del poder. 

Hace unos días, una amiga me contó lo que le acababa de pasar a una de sus mejores amigas, en un accidente de coche, donde creyó perder la vida. Regresaba a casa, en medio de un fuerte temporal. Circulaba de noche. La urbanización donde vivía estaba en un terreno algo pendiente y llovía de manera intensa. Estaba cerca, cuando entró en una curva abierta, donde encontró bastante agua: calculo mal, había más de lo que parecía; hasta el punto que perdió el control del vehículo, y este empezó a deslizarse sin ella poder hacer nada. El motor no respondía, seguramente había entrado agua en el circuito eléctrico. La puerta del conductor estaba bloqueada, el agua alcanzaba ya la media altura. Entró en pánico, pensó que iba a morir atrapada en el vehículo.  La ventanilla tampoco respondía. Pero algo sucedió en ese instante que la sacudió, cambiando su estado de terror a otro de serenidad y templanza: su mente se volvió fría, sin voluntad de pensamiento analítico, escuchando una voz que le daba órdenes. Conectó con otro momento trágico de su adolescencia, donde también y por primera vez escuchó la misma voz que la ayudaba a salir del trance. Se encontraba haciendo submarinismo en el mar con su padre, en una inmersión a unos quince metros de profundidad; intentaba subir a la superficie y no lograba ascender, o lo hacía muy lentamente; le atenazó el miedo, temía quedarse sin oxígeno. Tiraba y tiraba insistente de la cuerda, donde su padre, que iba delante, debía responder, pero este no daba señales. Finalmente, con la fuerza y la destreza que la voz le transmitía, logró salir a la superficie, exhausta, pero viva: donde su padre la estaba esperando alertado de su tardanza. 
  
Sucedió lo mismo que estaba sucediendo esta noche en medio del gran aguacero, atrapada en su coche,  su estado de pánico y confusión, se transformó, en décimas de segundo, en serenidad y calma, acompañado por la misma voz salvadora, que la guiaba con instrucciones concisas y serenas, de cómo salir para ponerse a salvo. Órdenes que ella atendía con máxima lucidez y total entrega, pasando a golpear la puerta con toda la fuerza de sus piernas,  logrando finalmente que se abriera y pudiera escapar de la deriva del coche, sin control.    
Al día siguiente del accidente la grúa de la compañía del seguro se hizo cargo del siniestro, declarando el vehículo siniestro total.  
  
Habían pasado varias décadas entre los dos accidentes, pero el hecho acontecido, inesperado que transformó el pánico en serenidad, que subrayaba las dos experiencias,  era el mismo. Podría entenderse que la adolescente y la mujer que era ahora, habían respondido estando a la altura del azar.     

Hay quien piensa que el azar no es tan caprichoso, que todo efecto, acto o movimiento tiene un principio motor; que Dios no juega a los dados,  como acabo de leer. Pero lo cierto es que la vida nos pone constantemente a prueba, nos quiere fuertes y sabedores. Y que las respuestas con que actuamos muchas veces las podemos contar, pero otras muchas no. Y que aunque no siempre nos vaya la vida en ello, sí el prestigio, la seguridad, la confianza, la autoridad que nos hace merecedores de buenos y excelentes resultados. 
Hay respuestas instintivas que nos salvan de peligros, otras que nos llegan de lugares desconocidos, que se perciben como soplos de seres alados que nos guardan y nos guian  desde espacios velados. Nos gusta pensar que son los mismos que nos tienden puentes entre abismos, para que los atravesemos sin miedo.

No podemos evitar los imprevistos, y menos los tiempos convulsos que nos acechan cada vez a mayor velocidad. No hay un guión escrito para el vivir de cada día. Imposible tener el control de todo. Pero sí disponemos de pequeñas herramientas del conocimiento que funcionan como por «arte zahorí» que nos conducen a lo objetos, a las personas y a las respuestas con final feliz.

Estar desprevenido no significa  vivir desatentos. El conocimiento se educa, se interioriza, se mecanizan las respuestas, sin tener que sentarse a razonar soluciones lógicas, cuando no hay tiempo para ello: es  como llegar hasta casa conduciendo, sorteando todo tipo de obstáculos, alertas y peligros y saliendo del garaje nos preguntamos, pero, ¿Cómo ha sido?. No hay duda de que hemos estado atentos, pero no distraídos. Al final el conocimiento nos capacita, nos hace ser competentes, estar más a la altura de ese  azar del que nos habla el filósofo alemán. 
  
En resumen, Nietzsche propone una actitud de apertura valiente ante la vida, aceptando los riesgos, y soltando la necesidad de seguridad dogmática, y el razonamiento excesivo que nubla la confianza en la propia fuerza intuitiva e instintiva, canalizando el caos con destreza, para lidiar con el presente inmediato. Hay voces en las que es mejor confiar, voces que todo lo saben, y que nos salvan.   

       
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