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miércoles, 24 de mayo de 2023

HAY PASADOS QUE NO TIENEN FUTURO

 



Hace unos días me sorprendió Susana, una persona a la que conocí hace poco más de un año. Mientras paseábamos por el paseo de la playa con mi pareja, los tres, nos contaba los problemas que tenía con su hija adoptada, que ahora tenía veintitrés años. La había recogido de un orfanato en un país extranjero a la edad de ocho años. La crio sola,  le proporcionó cariño, estudios, una familia y todo cuanto estuvo a su alcance, que no fue poco. La adopción había supuesto una fuente importante de problemas para ella, problemas que fueron aumentando con la edad. El relato que escuchamos de su boca era triste y por momentos  desgarrador: la niña huérfana de padre,  a la edad de ocho años perdió también a la madre, y se quedó al amparo de un orfanato.
Cuando Susana se hizo cargo de la  menor, la puso en manos  de buenos especialistas para que le ayudaran a superar el trauma que la niña arrastraba. Con el paso del tiempo y la educación recibida, la pequeña se convirtió en una joven preparada, estudió idiomas y una carrera universitaria,  pero la convivencia entre ambas no era fácil ni buena, llegada la adolescencia se fue haciendo insufrible.  La dolorosa experiencia de la orfandad la convirtió, ya de adulta, en una persona tirana con su madre adoptiva. Ese dolor lo sacaba por la boca  hiriendo a la madre, la persona que más hacía por ella, la que más la quería. Enfados, peleas, broncas, insultos que se repetían a diario y que hacían el vivir de ambas un infierno.  Susana era una mujer independiente, deportista, con estudios, había recibido una muy buena educación, hablaba cuatro idiomas y tenía mundo, pero la mala relación con su hija la hacía sentir culpable, le producía ansiedad, la fricción continua en la convivencia la iba empequeñeciendo.  
Me sorprendió cuando la escuché decir que su hija era una narcisista. Podría  ser que los beneplácitos, comodidades y atenciones que la pequeña recibió, la convirtieran o ayudaran a formar ese carácter déspota y hostil, insensible a los sentimientos de los otros, como  demostraba la niña,  pero el desgarro de la menor, era entendible que tenía una raíz más profunda. Cuenta Susana que cuando la llevó a casa, el llanto de esa criatura nunca antes lo había escuchado,  era desgarrador y cuenta que le duró mucho, mucho  tiempo hasta que se le apagó.    
El inconsciente de la niña buscaba culpables, alguien que pagara por el daño recibido, por arrancar de sus brazos a edad tan temprana a los seres más importantes de su vida.  Sin proponérselo se convirtió en un verdugo para su madre adoptiva, descargando en ella su ira,  su dolor contenido. Llegó un momento que Susana no sabía como tratarla,  cómo hacer frente al mal trato psicológico que recibía de su hija,  cómo podía ella liberar la sensación de fracaso que sentía en todo su cuerpo. La niña, ya adulta, se negaba a recibir ayuda,  seguía buscando la confrontación y la pelea con la madre.       

Conforme íbamos caminando, la conversación se entrelazaba con otros temas, en parte por kyara, la perra de Susana, un animal inteligente y sociable que al parecer conocía media vecindad, por el gran  número de paseantes que la llamaban por su nombre; la perra iba saludando a todos  y esos todos saludaban a Susana y cruzaban palabras con ella. No se como fue, en referencia a una de estas  personas con la que nos cruzamos, que nos dijo, me gustan las personas así, directas, las que van al grano, sin rodeos, las que dan vueltas a las cosas no me gustan, me confunden, nunca sabes donde quieren llegar,  no las entiendo. Por más que me duela prefiero la verdad.

Susana no sabía mentir, cómo más tarde confesó. Yo iba de sorpresa en sorpresa, pues ya he dicho que no hacía tanto tiempo que nos conocíamos. En mi casa no se mentía nunca, nos dijo. Mis padres nos  acostumbraron a mi y a mis hermanos a hablarlo todo en familia, cualquier tema, cualquier problema de cualquier tipo se debatía y se hablaba entre todos. Creció pensando que todas las personas eran así, que todas las familias hacían lo mismo. Eso explicaba que cuando su hija la insultaba o le hacía reproches, siempre a puerta cerrada,  Susana la recibiera con la actitud natural de: vamos a hablar sobre lo qué te pasa hija, con la mejor de las intenciones  y que eso no fuera suficiente pues la niña llevaba nudos internos muy fuertes de desatar que requerían conocimientos y ayudas de profesionales expertos. 

Susana escuchaba lo que la hija soltaba por la boca y lo interpretaba con horror y con error: al pie de la letra.  Me contó que esa manera suya de entender las cosas, sin vueltas, literales, tal cual las escuchaba, le había ocasionado muchos problemas con las personas. En cierta ocasión, nos contó a modo de ejemplo: unas amistades que vivían en Nueva York me dijeron:  ven cuando quieras a visitarnos Susana, siempre serás bien recibida, y así fue como  un día le dio el arranque, cogió un vuelo sin avisar y se presentó en casa de los amigos, en Manhattan, quien al verla aparecer por la puerta se quedaron a cuadros y ella al darse cuenta quiso que le  tragara la tierra. Así era Susana, una persona sin filtros, ni picardías, directa.  

Yo iba de sorpresa en sorpresa. Ahora entendía cierto comportamiento, la falta de tacto, -que no de educación-  que había mostrado en alguna ocasión conmigo, por supuesto sin ninguna maldad. Los humanos somos todos harto complicados, manuales dignos de ser estudiados y subrayados.  

¿Me estás diciendo que no tienes picardía? le pregunté, y me contestó: cero. Bueno, estoy aprendiendo y lo mío me cuesta. A veces hay que mentir por no herir, le dije, para que alguien no se moleste, son mentiras no premeditadas, sin maldad, hay que tener tacto.  No me queda más remedio que aprender, estoy en ello, pero sigo prefiriendo la verdad, lo espontáneo, no me fio de los que dan vueltas y rodeos. Y esa misma verdad sin filtro ofensiva e hiriente, sin medida ni tacto,  era la que escupía  su  hija por la boca cuando discutían. 

Nunca acabamos de conocer a los otros, ¡qué fuente de riqueza inagotable! pensé, no hay dos iguales. Me confunde y me gusta a la vez.

Al escucharla esa tarde entendí que en ese comportamiento suyo había una forma de pureza que la hacía verdad a mis ojos, se mostraba sin postureo alguno, a cara descubierta, su ignorancia era también la  mía, todos somos de muchas maneras ignorantes.   

La joven no quería trabajar, ni independizarse, quería seguir viviendo a la sopa boba, a costa de la madre. Las dos convenían cuando estaban bien, que era mejor el vivir independiente de cada una, tomar distancia emocional para una mejor relación, pero llegado el momento la joven se resistía a buscar trabajo, a irse de casa, de manera que el conflicto no cesaba.        

Todo en la vida exige un equilibrio entre las partes, en formas y maneras. Susana no tenía destrezas sociales especiales, tener una buena educación no la hacía perfecta. Perdía la vida intentando que la razón le explicara, le argumentara comportamientos que ella pudiera entender, sacaba conclusiones con conocimientos pobres, viajaba a la India en busca de paz y la perdía en el camino de vuelta, quería entenderlo todo de forma académica y reglada  con el discurso de una mente discursiva, dejando así que se le escapara la escucha esencial, aquella que pasa por los costados cuando estamos viviendo -no de frente-  como cuando estamos subidos en un tren en marcha,  con la mente y la mirada relajada y una vocecita amiga, a la que no interpelamos, aparece y nos habla, nos da las respuestas que andamos buscando mientras el tren está en marcha y nosotros en silencio, pero que olvidamos en la primera parada o cuando la noche pasa página.  

Con el mismo propósito, empeño e insistencia que la vida nos plantea mil problemas de todo tipo, deberíamos nosotros insistir en aprender, pero no lo hacemos porque nos asalta la culpa,  tenemos miedo al rechazo, a la confrontación, al fracaso. Sufrimos siempre por las mismas cosas, en el mismo sitio, con las mismas personas, a la misma hora.  Leí en un ocasión algo de Paulo Coelho que decía algo así, cuando una cosa te pasa por primera vez, puede que nunca más te vuelva a pasar, cuando te pasa dos veces es muy probable que te pase una tercera. Ahí empieza nuestro periplo emocional de repeticiones y fracasos. 

Una hija que ha superado la adolescencia, que ha recibido una buena educación, que tiene edad de entender, que cuenta con el apoyo familiar que siempre tuvo, ¿Qué más puede exigir?  nada. Si acaso pedir ayuda, si acaso agradecer, si acaso llorar, si acaso perdonar, si acaso entender, si acaso aceptar, si acaso dejarse ayudar, si acaso respetar, si acaso seguir viviendo y dejando que los otros vivan.  

Lo que no se puede arreglar, lo que no podemos atrapar ni está en nuestras manos hay que dejarlo pasar. "Hay pasados que no tienen futuro" si no hay empeño ni voluntad. Se ha de aprender a vivir con ello, con determinación y tirar para adelante. 

Nuestras virtudes y nuestros defectos son inseparables, como la fuerza y la materia. Cuando se separan, el hombre deja de existir -Leonardo da Vinci.

Vivir perturbados en la zozobra permanente, el temblor, el dolor y la angustia no es vivir.

Cada persona adulta ha de cuidar su vida, su casa y su jardín, para dar una mejor vida a los que quiere. Eso sí es vivir con autenticidad. También es heroísmo, no dejar que nadie apague tu luz.  


 

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