lunes, 12 de enero de 2026

CUANDO EL CORAZÓN ENFERMA

 

Artista Christian Schloe


Un par de días antes de Navidad fui a cortarme el pelo. Desde inicios del verano lo estaba dejando crecer, y también de teñir. El cabello blanco que iba asomando se veía bonito y luminoso. Me disponía a empezar el año nuevo con más luz. Cada vez que hay un cambio significativo en mi vida se produce una necesidad de este tipo, que por supuesto atiendo. Era el momento de eliminar los restos de color pajizo de las puntas, lo que significaba despedirse de una etapa, cortar con los viejos y descoloridos patrones.  Todo apuntaba que ese cambio me favorecía, mi pelo crecía más fuerte. 

Esa mañana llegué temprano a la peluquería, Melina la peluquera, me había dado hora a las ocho cuarenta y cinco. Al recibirme me dijo amablemente,  Elena llegas muy pronto, a lo que le respondí:  las nueve menos cuarto, la hora que me diste por teléfono. Soy puntual como un reloj suizo, si tengo que llegar a otra hora siempre es antes, pero ese día no era el caso.

Encontré a la peluquera trabajando afanosamente en la  cabeza de una señora de edad incierta. Melina alisaba su larga melena rizada, no era una persona joven, tampoco mayor. Habría que verla con su peinado acabado, sonreí para mis adentros, las señoras con la cabeza mojada estamos muy irreconocibles. Lo cierto es que ese día no me importaba tener que esperar,  Melina era una mujer agradable,  charlaba con sus clientas de manera amistosa: las conversaciones se escuchaban todas,  pues la peluquería era de dimensiones pequeñas, y una no podía a veces dejar de escuchar y a otras hasta de participar. Además ese día llevaba lectura y no tenía prisas. Así que me dispuse a esperar pacientemente. Al poco entró otra clienta, ella sí se anticipaba a su hora, por el comentario que hizo. 

Cuando Melina acabó con la señora del pelo largo, que por cierto una vez peinada era bastante más joven de lo que me había parecido en una primera mirada, y mientras se despedía de esta, la clienta le contó que le venían días muy difíciles, pues acababa de comprar una casa que le estaba dando muchos problemas de humedades; en la inmobiliaria  le habían ocultado información importante, había sido muy confiada y ahora no había marcha atrás. Le aconsejaron que los demandara, y así lo  hizo, había ido a consultar a dos abogados, y los dos coincidieron en que no tenía nada que hacer.  

Carmen, la señora que acababa de entrar, intervino en la conversación de las dos mujeres, aconsejando a la clienta que se asesorara bien, pues su caso era de demanda, estaba claro que había sido víctima de un engaño encubierto.  Yo pensaba lo mismo, por mi larga experiencia profesional, había visto muchos casos así, donde clientes confiados son víctimas de vendedores rapaces cuyas prácticas de engañosa profesionalidad tienen un claro y prioritario interés por llenarse sus bolsillos, y el de las empresas para las que trabajan. Ocultan información para cerrar la venta.  Yo no quise intervenir, pues no tenía más que añadir que lo que Carmen aconsejaba a la mujer, si acaso reforzar la idea de agotar las posibilidades de demanda, pues era evidente el caso de fraude mercantil, con graves consecuencias económicas.  Actuación que más pronto que tarde ─oído a lectores y oyentes─ la vida  acaba por pasar factura a los trúhanes y tramposos, con el VMC  ─valor merecido correspondiente─ que viene a ser como el IVA, todo un fastidio:  porque la vida engaña al que engaña y castiga al que castiga,  porque ella sí sabe,  más por  sabia que por justiciera. 

Cuando Carmen escuchó los trastornos que la mujer sufría incluido el insomnio, corrió a su bolso y sacó un frasquito de esencias florales que puso en las muñeca de la mujer, con su permiso, invitándola a inhalarlas: te ayudaran a relajarte le dijo. Para a continuación explicarle que debía averiguar qué andaba mal en su vida, qué le estaban diciendo los hechos que debía atender. La invitó a revisar la parte económica y emocional. Los acontecimientos le estaban hablando ¿Cuál era su lección¿ ¿Qué era aquello que no quería aprender?  Cuando la escuché, pensé, Carmen "es de mi cuerda". La vida siempre nos habla de muchas maneras. Y de muchas otras, nosotros la dejamos de atender.  

Cuando la mujer de nombre desconocido se fue, nos miramos Carmen y yo, le di mi opinión y le dije que pensaba lo mismo que ella. La conversación fue fluyendo entre nosotras de una manera amistosa, como si fuésemos viejas amigas que se acaban de encontrar.  Yo le conté que a mi esos días me dolía el corazón, y no de una manera metafórica, me dolía con una pulsión de tipo muscular que asustaba, sentía su hondo latido de tristeza; me estaba poniendo en aviso de que algo no estaba bien. Cosa que ya sabía y que había ocultado, pues no quería preocupar a nadie, solo lo hablé una vez con una amiga de confianza , de nombre también Carmen. Esas cosas de desánimo y tristezas son mucho mas normales de lo que queremos hacer ver, no podemos andar por la vida diciendo que padecemos desencantos y desánimos, que  la vida a ratos nos cansa, y que otras nos desatiende, nos apea y nos deja tirados en húmedas cunetas. La cuestión era que no quería dar pena ni que me miraran como a un alíen: hay gente rebosando alegría mientras otros agonizan, y aunque mi caso no era tan grave, lo cierto era que me pesaba mucho la tristeza.

Cuando los pálpitos empezaron a repetirse coloqué mis dos manos sobre el pecho para calmar el latido del corazón y le hablé para consolarlo. Sentí esa necesidad. Le dije que me hacía cargo de él, que lo entendía y que lo iba a cuidar, que no estaba solo, que nos teníamos el uno al otro. Como yo ahora tenía a Winni y él a mi. Era como hablarle a un hijo convaleciente mientras duerme. Me hice cargo de él, y sé que me escuchó,  porque poco a poco se fue calmando, y cuando días más tarde volvió a repetir su convulsión  yo volví a hablarle con mimo y cuidados, hasta que desaparecieron todos los síntomas, y yo entendí que debía deshacerme de pensamientos viejos que no me convenían,  reforzarlos con otros de carácter constructivo y reparador. Amorosos. Me di luz.  

Cuando un corazón maduro como el mío altera sus pulsiones, cuando parece que quiere traspasar el pecho, cuando enferma porque no sabe gestionar su dolor, antes de acudir a un profesional que lo ponga en lista de espera para una prueba de esfuerzo, o un electro, se le ha de escuchar con atención estetoscópica, saber porqué bombea a otro ritmo, que impurezas en forma de pensamientos corren por sus venas, familiarizarnos con su idioma, y esperar sus respuestas: unas veces se dan, otras solo hay que acercar el hombro para que descanse o llore en él, todos andamos muy solos. Dejar que exprese su aflicción, acompañarlo hasta lo más hondo de su conciencia unas veces, otras hasta su médico de cabecera, cuando los tapones de la ceguera ni ven ni escuchan de tanta cera vieja. El corazón como los otros órganos vitales del cuerpo son nuestros asistentes, tenemos el deber de socorrerlos cuando nos necesitan,  porque les debemos la vida de cada día. Porque somos su razón de ser, y ellos la razón de la nuestra.  

Si el dolor te dice que te quiere, pregúntale para qué. 

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