Dejo en mi jardín de Primavera una excelente reflexión sobre la Vejez; artículo con el tituló Reválida, que fue publicado en Mayo de 2015 por Francisco Calvo Serraller en el diario El Pais. con motivo de la publicación en España de Vita Nova, poemario de la Novel americana Louise Gluck
"Me he convertido en una anciana. / He acogido con agrado la oscuridad / que tanto temía”, escribe la laureada poeta estadounidense Louise Glück (Nueva York, 1943) en un reciente libro traducido a nuestra lengua con el título Vita Nova (Pre-Textos), el mismo sello editorial que publicó, hace nueve años, El iris salvaje, galardonado con el Premio Pulitzer. Pudiera parecer paradójico que alguien, ya adentrado en una edad de irremisible declinación biológica, elija como título Vita Nova, tomado de Dante, para un poemario donde trata de rendirse cuentas a sí misma durante el ceremonial del adiós; pero ella misma lo explica en otros versos: “Sólo se sabe después de muchos años. / Sólo después de una larga vida si uno está preparado / para entender la ecuación”. Y esa ecuación es la de saber que las pérdidas, según y cómo, pueden trocarse en ganancias, como, por ejemplo, la de adquirir ese genio del maestro, “en cuya mente ágil / el tiempo transcurre en dos direcciones: hacia atrás / desde el acto al motivo / y hacia delante hacia una decisión justa”.
De manera que ya lo estamos viendo: según se desmedra el cuerpo, parece amplificarse la mente, que no es sólo el mero rebullir de unas neuronas cada vez más apocopadas. Porque ahí interviene de manera decisiva ese procesador del siempre superabundante cerebro que llamamos consciencia, la cual rinde poco o casi nada durante la pletórica infancia; muy parcialmente todavía durante la apoteosis neuronal de la adolescencia, y aún con muchísimos agujeros en blanco incluso en la juventud. Ya que, en cualquiera de estas etapas de creciente plenitud física, hay poco que procesar: nos falta experiencia. No en balde la vida hay que vivirla hasta el final, porque a nadie se le alumbra la consciencia sin haber visto venir la muerte, que avanza de puntillas, quedamente, “tan callando”. O como nos advierte Glück: “Tenía miedo del amor, de que me llevaran lejos. / Los que temen al amor, temen a la muerte”.
Es verdad que a esta ciencia de la consciencia se llega por muy diversos caminos, pero sólo a través del arte, que se deja mejor conjugar con tiempos imperfectos y en modo subjuntivo; es decir: que no teme zambullirse por entre las pantanosas aguas de lo conjetural, nuestra consciencia da, nunca mejor dicho, su “do de pecho”, ya que entonces empieza a pensar con todo el cuerpo, y, de esta manera, alcanza los vislumbres de un paisaje ilimitado. O como nos espeta súbitamente Glück: “Eso es el mar: / existimos en secreto”.
Por eso Glück emplaza su ecuación precisamente en el equívoco quicio del arte, que nos impulsa retrocesivamente hacia el pasado para adelantar la futura decisión justa, esa comprometedora promesa nunca alcanzada por inalcanzable. Pero ¿acaso se puede abarcar la realidad sin elevación, sea onírica, imaginativa o a través de cualquier otra de las antenas no conceptuales de las que dispone nuestro cuerpo para palpar la naturaleza? “¿El despertar puede quitarme lo que me ha sucedido?”, se pregunta, por su parte, Glück, que confiesa a continuación: “Soñé todo, me entregué / por completo y para siempre”.
Una vida nueva, desde la alta cima de la consciencia artística, es siempre una reválida, que sólo cobra sentido en las postrimerías. Así nos lo declara Glück: “Sin duda me han devuelto la primavera, esta vez / no como amante sino como mensajera de la muerte, pero en cualquier caso es primavera, en cualquier caso lo hacen / con ternura”. Y aún más paladinamente, si cabe: “Qué dulce es mi vida ahora / en el descenso hacia el valle, / el valle no cubierto de niebla / sino fértil y apacible. / Así que por primera vez me encuentro / capaz de mirar hacia delante, capaz de mirar al mundo, / incluso de acercarme a él”. Quizá no nos sea posible más que aproximarnos a una decisión justa, pero, sin la reválida vital de descender al valle, ni siquiera imaginaríamos la existencia de esa crucial opción."
Justo leí tu reflexión, sobre Luoise Gluck, en la UCI del hospital y la verdad es que me encantó la lucidez de esa Sra.
ResponderEliminarEs normal que durante años recorramos el camino sin mucha conciencia y menos consciencia, pero el tiempo lo pone todo en su lugar.
Ahora en mi atardecer o mejor dicho invierno de la vida todo se mide por las experiencias que has vivido, esas que como una película pasan por la mente al mirar hacia atrás.
En esa mirada recuerdo lo que pudo ser y no fue, y no fue por diferentes motivos que ahora me recuerdan que solo fueron experiencias que tenía que experimentar.
En esa mirada hacia atrás ya no hay rencores ni nostalgia solo hay ese pensamiento en el que todo fue ha sido y será como ha de ser.
Gracias por tus reflexiones y solo me toca el recorrer todo el valle sin dejar de sorprenderme al admirar la grandeza que hay en cada recodo de mi camino.
Un abrazo muuuy fuerte y un gran beso.
Gracias amigo J.Ángel por tu lectura siempre atenta a mis publicaciones, y por tus reflexiones sobre las experiencias de lo que sucedió o no en la pasada vida. Todo son caminos que nos abren la conciencia o consciencia, cada cual que le de su propia interpretación, yo creo que una tiene conocimientos y la otra sabe y ambas interactúan. Todo está relacionado y ambas evolucionan.
ResponderEliminarLa madurez es aquella edad en que uno ya no se deja engañar por si mismo, decía Ralph Emerson, sin embargo creo que avanzamos con muchas mentiras que interpretamos como verdades que están muy incrustadas en nosotros y conforman nuestro vivir, constantemente nos damos cuenta de ello, pero cuando llegamos a la edad adulta, ya no las cuestionamos.... repetimos hábitos que no nos benefician y ya no podemos cambiarlos.
Yo ahora, que también como tu, estoy en esa edad más cercana al invierno, tengo muchos días con luz de primavera y otros oscuros como tardes de invierno, al fin así es la vida: queda muy bien representada por el lenguaje metrológico: somos tormenta, rayo, luz, claridad, espesura, sunami... Lo somos todo, sobre todo buscadores de paz y obreros al servicio del amor. Un abrazo grande José Á. y de nuevo gracias.