Ocurre a veces, sobre todo en los viajes, a miles de kilómetros de casa. A veces es un gorrión con la cola amarilla que busca comida en la acera cuarteada por donde tu pasas que te saca del empeño por no romperte la crisma en el extranjero, en una ciudad monumental y descuidada de elegancia caduca. Otras es la zapatilla, como llaman aquí a la regleta: el soporte donde adaptas los diferentes enchufes de tus aparatos eléctricos cuando viajes a las américas desde Europa. O el pan macerado que sirven en todos los restaurantes de rosario donde vas a comer, de corteza resistente y miga concentrada pidiendo indulgencia su saturada harina blanca. O el dolor en el pecho que aparece a las pocas horas de tu llegada, que te alarma a las cuatro de la tarde y a las nueve de la noche, poniéndote en lo peor, hasta que el estetoscopio de una mano experta te dice que todo en ti está bien, que seguramente el dolor era la consecuencia muscular de subir, bajar y arrastrar maletas por los aeropuertos y más de trece horas de incómodo vuelo. A veces son las metáforas de la pobreza en el color ceniza de las caras y las miradas sin brillo. O la letra arrastrada de un vocablo con dramatismo de tango, que te resulta familiar. Otras es el monolito estático de un símbolo que no te representa ni te dice nada, porque tu firme patriotismo y decisión es una letra en blanco sobre fondo blanco-nuclear, pero nunca una bandera. Otras, es el retrato en la fachada de un rascacielos, del tamaño de unos quince pisos de altura, de un ciudadano de baja cuna y altos logros, rosarino querido/admirado/proeza/”Messianico”/ una leyenda en vida. Otras es la cercanía de la voz amiga que te habla desde el otro lado del hilo transoceánico. O cuando te sientes “rebien” como dicen aquí, en un “castellaaaaano extranjero” que suena “reliiiindo”. O cuando tus amigos te salen a esperar al aeropuerto y te reciben con flores y vino, y hacen que te sientas como en tu propia casa. A veces es una “tormenta eléctrica” en la casa de los amigos, que no deja más secuelas que un llanto coral en familia: bien llorado y escurrido. O la ebria alegría de imaginar caricias que algún día llegarán. Otras veces nada; nada de eso pasa, y entonces te haces preguntas que te devuelven a casa, a la tuya de siempre, esa que está donde estás tú. En ti. Entre fuego y cenizas; consumiendo la vida y sus ciclos, como en una danza interminable que no cesa. Arrastrada entre corrientes, -¡tantas veces! como el Paraná, el río turbio que atraviesa la ciudad de Rosario, del mismo tono que la vida, cuando arrastra inmundicias y lodos, Flor.
A veces hay que sumergirse en las profundidades del Letheo para olvidar los pasados, porque nada pertenece al que está de paso a otras vidas. Teselas, Flor, que me preguntabas el otros día, y yo te respondí que eran piezas pequeñas con la que los antiguos griegos componían mosaicos. Piezas rotas que los humanos usamos para reconstruir nuestras fortalezas día a día. Porque cada día se nos rompe algo. La vida es eso, una continua construcción y deconstrucción, como las piezas del Lego que montan y desmontan Luc y Santi, tus pequeños, sin hacerse preguntas; disfrutando, aprendiendo, creciendo… con las primeras miradas. Con la voz limpia, Flor. Como si nada malo hubiera sucedido. Ignorando a otros que pareciendo vivir, no lo hacen, porque están en punto muerto.
Vivir con la memoria vaciada. En una actitud de valor y de constancia, por ti y los tuyos. Sin Castigo, ¿recuerdas? Por tu bien y el de todos nosotros, los que estamos contigo y te queremos.
A veces para avanzar necesitamos… Solo el Olvido.
Elena Larruy
