jueves, 16 de junio de 2016

AL MALTRATADOR EL MISMO TRATO



Este relato participa en el concurso de Relatos LOL I del Circulo de Escritores


Vivía como realquilada en el sótano de tu vida. El dinero y los negocios eran tus prioridades Julián, los únicos motores que movían tu despreciable vida. Pasabas por casa como quien va al gimnasio, despachabas tu maltrato conmigo y a continuación te ibas a relajar a la sauna, decías eliminar toxinas, yo creo que las soltabas todas encima de mí y de la gata. Ella era más indulgente que yo, soportaba tu ira por pura glotonería: limpiaba el plato de tu comida cuando no venías, que era casi cada día, y eso sí me tenía preocupada: su progresivo estado de obesidad.

Tu salud, había dejado de importarme, se resquebrajaba día a día y lejos de atender las advertencias del médico, lo sobornabas para que alterara tus informes: que absurda y ridícula idea, que hasta para engallarte y creerte tus propias mentiras pagabas un tributo. No permitías que nadie, ni amistades ni empleados te contradijeran y si lo hacían lo resolvías con chantajes y amenazas. Así eras tú Julián, déspota, maltratador, corrupto y sucio como un camión de basura.

No te imaginas lo feliz que me siento ahora que soy la única dueña de esta casa, de esta vida que nunca debió ser tuya, y hasta del puto mando: me viene a la cabeza el día que viendo una final del Barça me estampaste contra el plasma por cambiar de cadena al apoyarme sin querer en el mando. Se estropeó el sonido con la imagen de Messi congelada en el televisor, y la voz del locutor rallada repitiendo: pena, pena, pena. . . Endiabladamente furioso con los brazos en alto -por un momento pensé que me recogías del suelo ¡ingenua de mí!- tomaste la puerta y fuiste a casa del vecino a ver si había entrado el penalti de Messi. 

Todo lo que orbitaba en torno a tu figura lo sometías a las demandas y exigencias de un despotismo que no tenía nombre. Lo que sí tenía nombre, era tu enfermedad. Tu corazón se paraba, se iba debilitando, dejándote en estados catatónicos que cada vez eran más frecuentes y largos. Con el tiempo me fui acostumbrando y conforme se repetían las ausencias, rogaba a Santa Rita de Casia que se prolongaran más tus desmayos, porque era como si de repente una mano divina me sacara del sótano oscuro y volviera a respirar. Cuando despertabas, parecías resucitar de entre los muertos –que bien si te quedaras con ellos, pensaba yo. Te preocupaba que nadie viera la escena, tu vanidad no estaba para debilidades. Solo Amparo, nuestra asistenta, estaba al corriente y me ayudaba a resucitarte unas veces, y otras a rescatarme a mí de tus garras. 

En fin Julián que te puedo decir ahora que no supieras, decías que tu catalepsia era algo puntual, pasajero. Solo yo y Amparo sabíamos que llegaría el día en que “hartas” muy hartas de ti, te daríamos por muerto. Y ese día llegó, anunciamos tu muerte –aparente claro- y te lloramos y fingimos pena “tan acostumbrada me tenías al llanto que hasta me fue fácil” el médico venía con prisas, tenía una urgencia y nada más verte echo mano a su pluma y certificó tu defunción “yo diría que hasta con gusto”. 

En el bolsillo derecho de la americana llevas tu móvil Julián: ¡lástima, sin batería! ¡qué pena!

Descansa en paz: ¡que ya es hora!

Te gustará saber que he elegido el mausoleo de mármol más pesado que he encontrado, ¡Ah! y la caja es de ébano salvaje: como tú.

Aquí todos descansaremos en paz si ti. Haz tú lo mismo. 

Schhhssssssssssssss

Elena Larruy



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