martes, 10 de abril de 2018

LOS PLACERES DE LA POESÍA Y OTRAS CORRERIAS

Un felino de ojos verdes
negro como un tintero
se va en busca de gatas.
Se apaga la tarde.
Una voz febril
que viene de la casa, 
le sorprende 
bajo sus patas:
lujuriosa,
doliente.
La reconoce,
le tienta quedarse,
más seducido por el delirio del hombre
que por la gata en celo que le reclama.

Hay mucha tarde, se convence.

He de averiguar
que hace el poeta con las palabras
que yo no le haga
a las gatas
...




A VECES

Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
Empreña también más, en ocasiones.
Tardes hay sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
la levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
                              no pasa nada.

Lo expresaba muy bien César Vallejo:
"lo digo, y no me corro."

Pero él disimulaba.

Un poema de Ángel Gonzalez




¡Corro más suerte con mis gatas en celo!, pensó el astuto gato apoyado en el cable... Más mañana volveré; insistiré: no sea que me perdiera algo, con ese calambrazo repentino y una voz urgente que me decía "De parte de Dios vete..." Y yo corriendo, obediente, me fui a asistir a la gata.


Más no hay tarde sin gata encelada esperando a un gato negro para "volverlo blanco" como tampoco hay mañana sin futuro glorioso para las palabras del poeta. Todo es poesía: donde hay belleza y gozo. Y la poesía de Ángel Gonzalez, como la llamada de la gata, incita y convoca para atender y satisfacer al amante, al lector deseoso de disfrutar de buenos poemas. Acércate y contempla quieto sus gemidos, la suavidad de su tacto,  y disfruta el placer desatado que fluyen de gozo por todos los rincones del cuerpo. Hazlo como lo haría un voyeur: disfrutando. Si no me crees observa con tu mirada:




ME BASTA ASÍ

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreir,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estot seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

"Palabra sobre palabra".


Yo ya me voy, ¡el olvido o la vida! me reclaman.


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