sábado, 22 de octubre de 2016

LAS MADRES MIENTEN



Siete años tenía cuando un día le pregunté a mi madre ¿mamá yo tengo los ojos grandes?
grandes hija, muy grandes . . . respondió ella.
Pasaron los años por mi cuerpo sin apenas despeinar mi inocencia y  la niña que hacía preguntas, de melena negra, gesto serio y mirada para adentro, le entraron las dudas, el temblor en cada curva que tomaba su cuerpo ... pero tenía una certeza: la de sus ojos grandes.
Creer en la palabra de mi madre me dio fuerza, forma y belleza y crecí en el convencimiento del que nada se cuestiona por que ya lo sabe.
A los dieciséis la acción tubo efecto, saqué la mirada de paseo, con mis ojos grandes y me interesé por los espejos. Como cualquier joven, atraía a los opuestos, observaba sus miradas y sentía el interés de ellos, lo que me producía gusto y también vergüenza,  porque no sabía como manejar eso.



Llegó el día en que empecé a sospechar del tamaño de mis ojos y, curiosa por saber y, con un atisbo de duda, visto su interés, le pregunté sigilosa y coqueta al primero que más cerca tuve de la oreja,  ¿Te gustan mis ojos grandes? 

Grandes son tus labios y tu boca, la que tiene los ojos grandes, muy grandes, es tu amiga Lola.
¡Entonces... me engañó mi madre!

Eche la mirada a un lado buscando al que nunca miente y el espejo me confesó:
efectivamente, tus sospechas son ciertas: ¡Las madres mienten!
Elena

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